[Crítica] Mistura: cuando la gastronomía peruana te cambia la vida

¿Puede la cocina sanar lo que el orgullo y la traición destruyen? Esa es la pregunta que plantea Ricardo de Montreuil en su nueva película Mistura, ambientada en el Perú de los años 60. La historia sigue a Norma Piet (Bárbara Mori), una mujer franco-peruana de clase alta cuya vida se derrumba cuando su marido (Christian Meier) la abandona y la sociedad limeña le da la espalda.
Forzada a salir de su burbuja, Norma inicia un camino inesperado que la lleva a descubrir un Perú vibrante y mestizo, donde la gastronomía peruana se convierte en puente entre clases, culturas y memorias. Entre mercados callejeros, comunidades marginadas y sabores ancestrales, Norma se reencuentra consigo misma, aprendiendo que el fracaso puede ser también un nuevo comienzo.
Una carta de amor al Perú y a su gastronomía
La cinta deslumbra visualmente: la Lima de los años 60, los mercados rebosantes de vida y los platos que cobran protagonismo en pantalla convierten a la cocina en una metáfora del mestizaje y la resiliencia. La dirección de Montreuil equilibra intimidad y grandilocuencia, logrando que la comida no sea decorado, sino símbolo de transformación.

Bárbara Mori ofrece una de las actuaciones más sólidas de su carrera: su Norma es altiva y desconectada al inicio, pero vulnerable y entrañable en su evolución. A su lado, César “Pudy” Ballumbrosio brilla como Oscar Lara, su mayordomo y guía moral, aportando calidez y humor en medio del drama.
El poder visual de Mistura
Lo mejor de Mistura está en lo visual: la cinematografía de Nicolás Wong expone cada rincón de la Lima de los 60 con una textura envolvente. La comida, cuidadosamente decorada mediante foodstyling, se muestra como arte —parece que usaron lentes similares a los que empleó Paul Thomas Anderson en Phantom Thread—, creando planos que son puro deleite visual. El diseño de vestuario y arte también aportan autenticidad y elegancia al relato. A esto se suma la música original de Tim Williams, cuya trayectoria en películas importantes añade una capa emocional valiosa a la narrativa.
Luces y sombras en el guion
Pese a su impecable acabado visual y al encanto de su propuesta, Mistura tropieza en el guion. Varias situaciones se vuelven previsibles y el desarrollo dramático por momentos se acerca más a la estructura de una telenovela que a un relato cinematográfico. Los conflictos aparecen y se resuelven con rapidez, sin el peso necesario, y el desenlace resulta algo abrupto para la construcción previa. Ese exceso de fábula y cierta tendencia a simplificar emociones le restan fuerza a lo que podría haber sido una obra redonda.

Aun con estas limitaciones, Mistura funciona como una carta de amor al Perú, a sus sabores y a su diversidad cultural. Es cine que celebra la vida, la capacidad de reinventarse y la riqueza de un país que encuentra en su cocina la expresión más auténtica de su identidad. No sorprende que haya recibido ovaciones en festivales como Morelia y que conecte con audiencias internacionales desde la emoción y el paladar.