Diógenes: El silencio como forma de sobrevivir al trauma
¿Puede el silencio ser la única forma honesta de hablar sobre el trauma? Esa es la pregunta que Diógenes (2023), ópera prima del cineasta peruano Leonardo Barbuy La Torre, intenta responder con una convicción que pocos debuts tienen en el cine latinoamericano reciente, y en una película peruana.
La historia sigue a Sabina y Santiago, dos hermanos criados en aislamiento junto a su padre, un pintor de Tablas de Sarhua que intercambia su arte por provisiones en el pueblo. Una mañana el padre no despierta. Los niños conviven con su cadáver durante tres días antes de asumir su muerte. A partir de ahí, la película se mueve entre el duelo, la memoria y la pregunta sobre qué sigue después del horror.
Una poética del duelo en blanco y negro
Diógenes comparte con La teta asustada la necesidad de construir una poética propia para transmitir los ecos del conflicto armado interno. Barbuy elige un territorio no transitado antes, los sueños y alucinaciones, para intentar tramsmitir sentimientos no superados.

Esa sensación de alucinación se traduce en una puesta en escena con códigos claros: movimientos de cámara, travellings circulares y planos fijos con montaje interno, todo amparado en un tenso blanco y negro de Mateo Guzmán y Musuk Nolte. La cámara realiza movimientos suaves con paneos laterales que simulan la mirada de quien admira un cuadro, en alusión directa a las Tablas de Sarhua que pinta el protagonista. El diseño formal es riguroso y coherente desde el primer plano.
El exilio como postura, no solo como destino
El nombre del protagonista no es decorativo. Diógenes de Sinope, el filósofo griego, vivió fuera de la sociedad porque la consideraba corrupta e irredimible. En la película, el padre justifica el aislamiento de sus hijos asegurando que la ciudad está llena de lobos y que su hija es un cordero. Pero a diferencia del filósofo, cuyo exilio era un acto de libertad, el de este Diógenes nace del trauma: ensoñaciones revelan que perdió a su esposa por un ataque terrorista, y ese peso le impide reintegrarse a la comunidad. Lo que en el filósofo era elección, en el personaje es condena. Barbuy usa ese eco para separar la filosofía del sufrimiento real.
Fortalezas: cuando la forma sostiene el fondo
La mayor apuesta de Barbuy es convertir el lenguaje cinematográfico en el único vehículo posible para esta historia. Rodada en quechua en la comunidad de Sarhua con actores naturales de la zona, la película involucró a la población local en distintas áreas del rodaje tras cinco años de proceso previo. El resultado es una autenticidad que ningún casting profesional podría fabricar.

Destaca especialmente Gisela Yupa, cuya mirada hipnotizante llevó al director a afirmar que su cásting fue revelador desde el primer momento frente a la cámara. Filmó la película a los 11 años y ganó el Premio a Mejor Presencia en el Festival CineBH de Brasil. Barbuy también compuso la música original basándose en el Canto de San Gregorio, ese canto funerario que resuena en Ayacucho. La suma de dirección, guion y música en una sola mano produce una coherencia poco común en el cine peruano.
Debilidades: el cálculo que enfría
La misma precisión formal que distingue a Diógenes es, en ciertos tramos, su propia trampa. Técnicamente es una obra pulcra e interesante, pero se siente demasiado calculada y medida, muy escrita y figurada en el papel, trasladándose a la pantalla con una estructura fijada que le quita alma.

El director se toma su tiempo en la descripción de la vida sarhua y escatima la mayoría de detalles argumentales que harían más entendible la situación de los personajes. La película confía tanto en la imagen que, en varios momentos, la conexión emocional queda bloqueada por el mismo andamiaje estético que la sostiene. Para un espectador no familiarizado con el cine de observación, puede convertirse en motivo de alejamiento. El rigor formal es real, pero no siempre basta para sostener la experiencia afectiva que la historia demanda.
Promesa real, cumplimiento parcial
Diógenes no es una película fácil ni quiere serlo. Aunque no habla directamente del período de la guerra interna, su violencia silenciosa despliega parte de la historia de abuso del país, explorando el momento que muchas familias vivieron: averiguar quiénes son después de dolorosas desapariciones, aislamientos y muertes llenas de incertidumbre.
El problema no es la ambición, sino que la frialdad del diseño termina apagando parte de lo que quiere encender. Barbuy demuestra que sabe construir imágenes con propósito, pero aún le falta soltar el control para que esas imágenes respiren solas. Es una ópera prima que merece atención y que apunta a un cineasta con voz propia. Por ahora, esa voz suena más como promesa que como llegada.