The last station: La muerte ferroviaria de un conde mujik | Cine O'culto

The last station: La muerte ferroviaria de un conde mujik

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Alguien dijo una vez que la vida de León Tolstói había sido como una novela de Dostoyevski al poseer un dramatismo activo y misterioso, estar rodeado de personajes con patologías envolventes, utilizar la tragedia como sarcasmo y, sobre todo, ser una vida que le causa placer al lector que la investiga. The last station (2009), una película del director Michael Hoffman basada en la novela La última estación de la vida de Tolstoi de Jay Parini, respeta mucho la visión tolstoiana del mundo y plasma en fotogramas el epitafio de la última travesía del legendario escritor.

INEQUÍVOCO DESTINO

Para el filósofo griego Epicuro, el hombre vive en constante lucha contra la muerte. Es un fin que desea evitar a cualquier precio y le provoca un miedo irracional, forzoso debido a la condición humana. Sin embargo, filósofos como Sócrates fomentaban su aceptación ya que le permite al humano convertirse en un ser completo. En su República, Platón emplea el mito de Er para referirse a la muerte en torno a la supervivencia del alma después de que ésta abandona el cuerpo. Mientras que el alemán Nietzsche veía al fúnebre portento como el verdadero dueño de la vida.

En una existencia copiosa de posibilidades, la muerte es la última que el ser humano puede tener. Pero él hombre occidental no lo quiere ver así. Le huye. Fabrica medicamentos y tratamientos que la retrasen, realza sus investigaciones tecnológicas en pro de entenderla y localizar sus puntos débiles. Sueña con vencerla, con volver de ella, como también alguna vez soñó con poder volar por los cielos donde se supone son depositadas las bienaventuradas almas cristianas. Sin embargo, según la visión schopenhaueriana, reclamar la inmortalidad significa esmerarse por perpetuar un error hasta el infinito.

La muerte también es un remitente a quien las letras del escritor ruso León Tolstói abordan con frecuencia. Por ejemplo, en las postreras páginas de Infancia, el conde relata con dolor los últimos momentos de su madre, de la que no alcanzó a despedirse. Este es quizá el primer suceso donde León se confronta cara a cara con el inevitable desenlace. El final de la vida es el final de la primera parte de su obra autobiográfica. En Adolescencia lo remarca con el deceso de una criada muy querida y el despido de su abuela.

Así, la exégesis tolstoiana de la muerte establece la comunión del hombre consigo mismo a causa del presentimiento de ésta, la idea llegó a influir en pensadores como Lev Shestov. Por lo anterior, no es fácil abordar a un atlante de la literatura como lo es Tolstói, menos si se pretende llevar su esencia a la incierta y complicada vía cinematográfica, en cuyos rieles sólo algunos proyectos brillan y otros se pierden tras las sombras de los jueces del guión que hacen el papel de durmientes.

DURMIENTES COMO FOTOGRAMAS.

The last station fotografía dos figuras muy recurrentes en las obras del conde ruso: el ferrocarril y la ya mencionada muerte. Esta díada, que emerge como matrimonio literario, se encuentra en Sonata a Kreutzer, donde el protagonista relata durante un viaje en tren cómo asesinó a su esposa, y en Anna Karenina, en cuyos durmientes la propia Anna encontró su funesto destino. Al igual que en sus ficciones, la relación mortuoria-ferroviaria fue también el trayecto de los últimos días de vida para Tolstói.

La película, donde Christopher Plummer encarna al escritor, comienza con la contratación de Valentin Bulgakov (James McAvoy) como secretario personal del escritor ruso. A Bulgakov le es asignada una misión por parte de la asociación tolstoiana dirigida por Vladimir Chertkov (Paul Giamatti), la cual consiste en fungir como espía en la mansión de Tolstói y reportar todas las incidencias que el escritor sostenga con su esposa Sofía Andreievna (Hellen Mirren).

El filme también refleja la disputa que Sofía Andreievna sostuvo con Chertkov, ya que este pretendía que Tolstói dejara libre su obra para el disfrute de los rusos y su esposa pensaba que la pretendían desheredar. El conflicto ocasionó heridas severas en el matrimonio de Tolstói, al verse incapaz de enfrentar su vida conyugal, el idealista de 82 años decidió marcharse de su mansión el 28 de octubre de 1910 y emprender un viaje con un destino incierto para encontrar la paz y la soledad.

Es imprescindible hacer un paréntesis e indicar que aunque se trata de un trabajo biográfico, el contenido de The last station proviene de una novela y no es cien por ciento verídico. En él existen algunos detalles que difieren de la realidad tolstoiana.

Para ejemplificar lo previo hay que estacionarse en la escena donde Sofía, tras una acalorada discusión con León, toma una pistola y le dispara a un retrato de Chertkov. En la vida real, la duquesa arremetió con tres tiros de un arma de fulminantes contra el propio Tolstói, provocando su cólera.

Lo que sí es verdad es que en aquel momento Tolstói era toda una celebridad en Rusia, pero no disfrutaba de ello porque era un sujeto muy atado a su moral. En sus últimos años llegó a practicar el ascetismo, el vegetarianismo e incluso el celibato. Le disgustaba su estatus social, repugnaba sus privilegios de conde, hubiera preferido vivir como mujik, como esos campesinos rusos que trabajaban en sus propiedades. Todo ello lo pensaba en pro de “llevar una vida más correcta” y de encontrar una libertad que ni siquiera él entendía.

También es sensato resaltar la actuación de Hellen Mirren que dotó a Sofía de ese amor activo que aboga hasta por los defectos de la persona querida y que Tolstói le atribuye en Juventud. De igual forma, la enmarca con el carácter de mujer de realidades que amaba el brillo y la algazara de la corte, como la llegó a describir Donald Culross Peattie. Su trabajo la llevó a ser nominada como mejor actriz en los Premios Óscar de 2009.

Volviendo a su viaje, Tolstói no resistió los embates de su odisea y enfermó repentinamente, tal como lo hiciere el protagonista de La muerte de Iván Ilich. Aquel vagón debilitó su longevo espíritu, ahogó su pluma en la tinta del silencio y no volvió a acariciar la superficie de un papel.

El conde fue descendido del tren y atendido en una habitación en la estación de Astápovo. En aquella cama, rodeado de un médico, una de sus hijas y su inseparable esposa, con los periodistas asechando cual carroñeros en las afueras de la estación y la incertidumbre de un país que oraba por su salud, se encaminó al fulgor de su desenlace y tomó sin querer la filosa oz de sus últimas palabras en La muerte de Iván Ilich: «Aspiró el aire cálido, se detuvo a mitad de la aspiración, se estiró y murió«.

La narrativa del último viaje tolstoiano en aquel gélido tren, también es muy similar a la que enfrentó su personaje femenino en el cuento de Las Tres muertes, donde dicha señora se aventuró a una travesía que sólo complicó su tuberculosis. Se puede indicar que, además de un personaje de Dostoyevski, Tolstói fue una viva creación de su propia obra literaria.

La película culmina con el funeral del escritor, mientras el sublime score de Sergey Yevtushenko sonoriza la amalgama visual. En la realidad, el cadáver de Tolstói fue llevado a su querida Yásnaia Poliana, donde, al más puro estilo de su ascetismo, fue depositado en una tumba sencilla en medio del bosque fresco. Sin lápida, sin monumento, sin ostentosos adornos ni epitafios encomios. Sólo su ser cubierto de tierra, de la tierra que labraban los mujiks en sus cuentos, de la tierra rusa que tanto amó.