“The Assassin”, el atractivo de una película sin historia | Cine O'culto

“The Assassin”, el atractivo de una película sin historia

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La narración a través de la imagen. Un director que no desea complacer a su audiencia. El experimento de contar una historia sin una estructura de la cual iniciar un análisis. The Assassin (2015) del taiwanés Hou Hsiao-Hsien es un conjunto de poesía más que de prosa. Si dejamos de lado el juicio de valores y las preferencias técnicamente subjetivas, podremos notar que su lenguaje es puramente visual y que, por tanto, compite con las ideas convencionales a los que estamos habituados. Lo anterior,  independiente de si consigue o no ser memorable.

La aventura del cineasta en el wuxia (género chino de artes marciales) provoca dos opuestos que son difícilmente conciliables. En un extremo, la crítica lo ovaciona, Cannes le da el galardón a Mejor Director y una porción considerable de espectadores lo posiciona como un vanguardista que, sin pecar de pretencioso, ha creado por sí mismo una categoría nueva en el séptimo arte.

En el otro bando —y no uno necesariamente purista —, se encuentran los que sienten un inevitable vacío al enfrentarse a un producto audiovisual sin pies ni cabeza, sin un hilo conductor que traduzca las intenciones de su autor. Los que sienten que la incursión no valió realmente la pena luego de tanto ensayo. Un ensayo que resulta hasta aburrido.

 Fuente: Wild Bunch
Fuente: Wild Bunch

Lo que podría considerarse un hecho es que el largometraje consigue exasperar y encantar a partes iguales al público. Y que va más allá de si éste comprendió o no la cinta, sino que tiene que ver con cómo le afecta el arte y sus múltiples variantes. Porque la novedad no es necesariamente una obra maestra, así como tampoco constituye un fracaso si su cometido no busca coincidir con la entretención de quién la ve.

En la película, se nos sitúa en China del siglo IX. Tras años de exilio, Nie Yinniang (Shu Qi) regresa a su casa con la misión de matar a su primo, Tian Ji’an, el actual líder disidente de la provincia militar de Weibo. Su habilidad para las artes marciales, gracias a la educación que una monja le otorgó, le da una ventaja considerable a la hora de completar su propósito.

Sin embargo, el hombre al que debe asesinar es el mismo a quien ama y con el que debió contraer matrimonio en el pasado. Aquí no hemos de ilusionarnos con un drama de proporciones épicas, ni con fórmulas excelentemente empleadas que nos harán caer en el suspenso. Por el contrario: debemos prepararnos para recibir un montaje inusual en que los diálogos escasearán y la acción será reemplazada por la quietud reflexiva de paisajes, miradas e intimidad.

Fuente: DE
Fuente: DE
Fuente: LNX
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La depuración como impronta

Sacar la trama. Esa ambición declaró Hou Hsiao-Hsien en diversas entrevistas cuando se le preguntó sobre su cambio radical de estilo. En la ambigüedad de saltos de escenas, elipsis y aparente superficialidad del filme, la transformación de los personajes se puede ver sólo a través del cambio que existe entre las repeticiones de imágenes y sonido.

No tendremos un examen de sus motivaciones psicológicas, ni un desarrollo en que los veremos crecer por medio de un sendero del Kung-fu o, en su defecto, retroceder irreversiblemente.

La historia corre el mismo destino. Aquí no es un vehículo, sino una excusa para explorar a rienda suelta la estética que el director nos ofrece. Un caleidoscopio que nos transporta a una época que no es nuestra y a una cultura de la que no somos parte, pero en las que se nos permite apreciar su exuberante belleza. Lo anterior, vía sedas mecidas por una brisa de solemnidad, vía horizontes vírgenes en los que el humano es ínfimo, vía música y costumbres que conforman una tradición de la que podemos recibirlo todo o nada (dependiendo de qué nos evoque cada secuencia).

Fuente: Twitter
Fuente: Twitter

Para algunos, el largometraje será un ejercicio complejo en que se exige tomar un rol activo. Para otros, sólo será un atisbo con gusto a poco. ¿Realmente funciona esta expresión particular del cine? ¿Deberíamos considerarla una invitación o un filtro que el artista taiwanés aplica en un ademán casi exclusivo para quien mire su trabajo? ¿Terminará convirtiéndose en una brecha en el mar de espectadores?

Más apremiante: ¿The Assassin es un desafío? 

Sí y no. En respuesta positiva, podría decirse que trajo de vuelta un debate eterno sobre lo que consideramos plausible, rescatable y exquisito en comparación a lo ya observado. En respuesta negativa, podría decirse que se está vitoreando a esta pieza sin un argumento sustancial. Que estamos festejando una producción como si entendiéramos la sensibilidad del cineasta, como si la autoría fuera nuestra, como si las memorias que le condujeron a este fruto nos pertenecieran cuando, en la mayoría de los casos, son sólo fragmentos que la misma industria ya nos ha presentado (sin importar lo cliché que hayan alcanzado a ser).

Cualquiera sea la percepción —tanto si nos extraña o complace en primera instancia —, la ausencia de relato crea un sentimiento similar al recuerdo que tenemos de un cuento lejano del cual no podemos evocar todo, pero que nos sigue pareciendo enigmático o inconexo.


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