Michael: el biopic que prefiere el mito a la verdad
¿Qué queda de un mito cuando alguien decide contar su historia solo desde la luz? Esa tensión atraviesa Michael, el esperado biopic sobre el Rey del Pop dirigido por Antoine Fuqua. La película cubre la vida de Jackson desde su infancia en Gary, Indiana, donde con ocho años ya lideraba The Jackson 5, hasta la gira Bad World Tour de 1988. El conflicto central es la relación con su padre Joseph (Colman Domingo), un hombre autoritario y abusivo que moldeó el talento de sus hijos a base de correazos y control sin límites.
Lo que queda fuera del relato es tan revelador como lo que entra. La película es una producción aprobada por la familia, y se nota en cada decisión. El acuerdo previo impedía mencionar ciertos nombres. La versión original arrancaba en 1993, cuando la policía llegaba a Neverland tras las primeras acusaciones de abuso. Esa versión no existe. Lo que tenemos es un relato blindado que convierte al artista más complejo de su era en algo más parecido a la declaración de un abogado defensor que a un retrato cinematográfico.
Lo que salva la película
Jaafar Jackson, sobrino de Michael e hijo de Jermaine, nunca había actuado. Y lo que entrega es notable: mimetismo total. La voz, los gestos, el baile, el Moonwalk. En los números musicales la distancia entre ambos desaparece casi por completo. En ese terreno específico, supera el trabajo que le valió el Oscar a Rami Malek en Bohemian Rhapsody.

Colman Domingo se roba la película fuera del escenario. Su Joseph Jackson es pura amenaza contenida: el único personaje con peso dramático real y aristas verdaderas. Posible candidato al Oscar a Mejor Actor de Reparto en 2027.
Los números musicales son el otro argumento. Beat It, Billie Jean, Thriller, Bad: la música de Jackson sigue siendo demoledora. Si eres fan, vas a cantar. Si no lo eres, entenderás por qué lo fue media humanidad.
Lo que el guion no se atreve a hacer
El problema no es solo lo que falta. Es que lo que está tampoco funciona bien. El guion es una acumulación de lugares comunes y escenas prefabricadas sin sutileza. Los hermanos son casi extras. Janet Jackson no existe. Quincy Jones tiene presencia mínima. La relación con John Landis durante el rodaje del videoclip de Thriller se despacha en segundos. Las excentricidades de Michael aparecen jugadas para arrancar una sonrisa, no para entender a un hombre profundamente roto.

Comparado con Elvis, que al menos tenía riesgo visual, o con Rocketman, que exploró los demonios de su protagonista sin pedir permiso a nadie, Michael parece exactamente lo que es: un producto diseñado para no incomodar a nadie. Canoniza en lugar de retratar. Y la decisión de dividirlo en dos partes no genera expectativa. Genera la sensación de que termina antes de haber empezado de verdad.
Michael es disfrutable como concierto. Como biopic, es la película que la familia quería. Y eso, tratándose del artista más fascinante y contradictorio del siglo XX, es su mayor fracaso.