Project Hail Mary: ciencia, amistad y el fin del mundo

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¿Qué harías si al despertar descubrieras que estás solo en el espacio, sin memoria, a años luz de la Tierra, y que el destino de la humanidad depende únicamente de ti? Esa es la situación en la que se encuentra Ryland Grace (Ryan Gosling) al inicio de Project Hail Mary, la nueva película de Phil Lord y Christopher Miller. Grace despierta en una nave espacial sin recordar su nombre, cómo llegó ahí ni qué se supone que debe hacer. Sus dos compañeros de misión están muertos. Solo lo acompaña una inteligencia artificial llamada Mary.

Los flashbacks van reconstruyendo la historia. Grace era un profesor de ciencias en un colegio secundario, marginado por la academia por sostener teorías poco convencionales. Eso mismo lo hace la persona ideal para Eva Stratt (Sandra Hüller), una fría funcionaria alemana que lidera un proyecto internacional de emergencia. El problema es grave: unos microorganismos alienígenas llamados Astrófagos están consumiendo la energía del sol. En treinta años, la Tierra entrará en una nueva era de hielo. La misión Hail Mary, el último recurso, envía a Grace hacia Tau Ceti, la única estrella que parece inmune al parásito. El viaje es de ida. Casi con certeza.

Lo que Grace no esperaba encontrar ahí era a Rocky.

Gosling y Rocky: una amistad que sostiene el universo

Rocky es un ser extraterrestre del planeta Erid, con cinco extremidades y un cuerpo que parece hecho de roca. Llegó al mismo sistema estelar con el mismo objetivo. La comunicación entre ambos empieza con señales básicas y evoluciona hasta una lengua propia. Lo que construyen juntos es la columna vertebral de la película: un buddy film entre dos seres de mundos distintos que descubren que su problema es el mismo.

Y ahí es donde Project Hail Mary compite con sus referentes más obvios. E.T. vivía de la emoción pura. Gravity era supervivencia en soledad. Interstellar apostaba por la grandiosidad cósmica. Esta película hace algo más difícil: mezcla ciencia dura y accesible con genuina calidez humana. Grace explica física cuántica y biología molecular con la misma energía con que enseñaba a sus alumnos de secundaria. El espectador entiende lo suficiente para seguir la historia sin perder el hilo emocional.

Gosling está extraordinario. Su Grace es torpe, brillante, ansioso y profundamente gracioso. Tiene el timing cómico de alguien que puede hacer reír con una mueca y partir el corazón con una mirada. Su química con Rocky, construida enteramente a través de voz y efectos prácticos, es de las mejores duplas del año. El trabajo del titiritero James Ortiz es una hazaña: Rocky es expresivo, entrañable y completamente creíble sin cara ni ojos reconocibles.

Sandra Hüller, conocida por Anatomía de una caída y La zona de interés, hace algo notable con un personaje que en otras manos hubiera sido solo una burocracia con piernas. Su Eva guarda más de lo que muestra, y cuando finalmente revela algo de sí misma, la escena golpea con una fuerza inesperada.

Lo que la música y el tiempo no terminan de resolver

Project Hail Mary dura 156 minutos. La mayor parte del tiempo ese metraje se justifica. Pero hay tramos, especialmente hacia el final, donde la película no sabe cuándo detenerse. Cada posible cierre emocional es seguido por otro, y el impacto de cada uno va diluyendo al anterior.

La música de Daniel Pemberton, brillante en muchos momentos, cae en la misma trampa. Hay escenas donde el score empuja la emoción con tanta insistencia que le quita al espectador la posibilidad de llegar solo a ella. La película confía en sus personajes, pero no siempre confía en su audiencia.

El personaje de Eva también queda algo limitado por el guion. Lord y Miller la usan con inteligencia en los flashbacks, pero la reducen a un arquetipo de eficiencia germánica que Hüller trasciende más por su talento que por lo que le da el texto.

Son observaciones menores en el contexto de una película que cumple con creces lo que promete. Project Hail Mary no tiene el peso filosófico de Interstellar ni la sobriedad de Arrival. Sí tiene algo que pocas películas de ciencia ficción logran: hacer que la física y la biología se sientan emocionantes, y que una amistad entre un humano y una roca espacial resulte más conmovedora que la mayoría de las relaciones que el cine ofrece este año.