Father Mother Sister Brother: Jim Jarmusch y el peso de no decir las cosas a tiempo

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¿Cuánto conocemos realmente a las personas con quienes compartimos sangre? Esa pregunta silenciosa atraviesa Father Mother Sister Brother, la nueva película de Jim Jarmusch, ganadora del León de Oro en Venecia. El director regresa al formato antológico que ya exploró en Mystery Train, Night on Earth y Coffee & Cigarettes: tres historias independientes, tres familias, tres ciudades. Nueva Jersey, Dublín y París.

Lo que las une no es una trama sino un clima: el peso de todo lo que no se dice cuando la familia se reúne. El primer segmento sigue a dos hermanos adultos que visitan al padre ermitaño de Tom Waits en una cabaña apartada. El segundo lleva a Charlotte Rampling a recibir a sus dos hijas para el té anual de rigor. El tercero acompaña a dos gemelos mientras recorren el apartamento parisino de sus padres recién fallecidos. Cada uno tiene su propio tono, pero todos comparten la misma incomodidad: la de personas que se quieren sin saber bien cómo demostrarlo.

Jim Jarmusch une los segmentos con guiños juguetones: un Rolex que puede ser falso, skaters en cámara lenta, comentarios sobre el agua, la misma frase idiomática apareciendo en distintos idiomas. Son hilos tenues que funcionan mejor como ejercicio formal que como pegamento emocional. El humor es deadpan, casi invisible, y los silencios dicen más que los diálogos, que en algunos momentos clave resultan demasiado directos para una película que apuesta por la sugerencia.

Tres historias, un mismo silencio

Los dos primeros segmentos operan desde la incomodidad contenida. El primero funciona: Waits, Driver y Mayim Bialik construyen una dinámica de afecto fallido genuinamente incómoda, con una revelación final que apunta al corazón del film. El segmento de Dublín, en cambio, estira demasiado la misma cuerda. El silencio aquí no genera tensión sino vacío, y Blanchett parece atrapada en un registro que no termina de encajar con el resto del reparto.

Sister Brother es el segmento que justifica la película. Indya Moore y Luka Sabbat como gemelos que despiden el apartamento de sus padres muertos tienen algo que los personajes anteriores no: se hablan de verdad. Después de casi una hora de frialdad contenida, esa apertura emocional resulta casi catártica. Jarmusch, que en Paterson demostró que la emoción más potente puede nacer de lo ordinario, vuelve a encontrar esa frecuencia aquí, aunque tarde.

El problema central es que el conjunto no rinde lo que sus partes prometen. El guion, escrito en apenas tres semanas, se nota. Cuando algún personaje nombra en voz alta lo que el espectador ya entiende, la magia se rompe. Y hay demasiados momentos así.

Correcta, y a veces más que eso. Pero para quien espere la densidad de Flores rotas o la precisión de Paterson, puede resultar algo menor de lo que su León de Oro sugiere.