Pillion: sumisión, ternura y la misma necesidad de siempre

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¿Puede una relación construida enteramente sobre reglas de dominación y sumisión ser, en el fondo, una historia de amor como cualquier otra? Esa es la pregunta que plantea Pillion, el debut de Harry Lighton. Está basado en la novela Box Hill de Adam Mars-Jones.

Colin (Harry Melling) es un joven tímido que vive con sus padres. Canta los domingos en un cuarteto vocal junto a su padre. Una noche de Nochebuena conoce a Ray (Alexander Skarsgård), un motociclista imponente vestido de cuero. Casi sin palabras, Ray lo introduce en una relación de dominación y sumisión con reglas muy precisas. Colin cocina, limpia, duerme en el suelo, obedece. Y descubre, para su propia sorpresa, que ese lugar es exactamente donde quiere estar.

La película sigue esa relación con un tono que mezcla humor seco, ternura inesperada y escenas de sexo explícito sin ningún pudor. Los padres de Colin son sorprendentemente comprensivos. Celebran que su hijo tenga pareja sin saber del todo en qué consiste esa dinámica. Su madre Peggy (Lesley Sharp), enferma de cáncer, se preocupa menos por la naturaleza sexual del vínculo que por cómo Ray trata a su hijo. Esa preocupación materna, aparentemente ingenua, termina siendo una de las voces más lúcidas de la película.

Debajo de las reglas, las mismas necesidades de siempre

Lo más inteligente que hace Lighton es negarse a presentar esta relación como algo radicalmente distinto al amor convencional. Colin quiere sentirse importante para alguien. Quiere atención, reconocimiento, algo de afecto. Cuando empieza a pedir eso, el conflicto deja de ser sobre BDSM. Se convierte en algo mucho más reconocible: qué pasa cuando dos personas necesitan cosas distintas de una misma relación.

Harry Melling construye a Colin con una precisión notable. Su transformación no es solo estética, el corte de pelo, la cadena con candado. Es un proceso real de descubrir qué quiere y de aprender, lentamente, a pedirlo. Alexander Skarsgård logra que Ray sea intimidante y atractivo al mismo tiempo. Pero también deja entrever, en momentos muy medidos, la vulnerabilidad de alguien que hace mucho tiempo aprendió a no mostrar lo que siente. Cuando esa coraza empieza a resquebrajarse, la película encuentra su tramo más conmovedor.

Es inevitable pensar en Babygirl, otra producción de A24 que también exploró recientemente el deseo y el poder dentro de una relación desigual. Aquella película usaba la dominación como disparador de un despertar personal ligado al deseo reprimido. Pillion, en cambio, está interesada en algo distinto: no en el descubrimiento del deseo sino en la negociación constante entre lo que Colin necesita y lo que Ray está dispuesto a dar.

Una historia que se cierra sobre sí misma, y eso también dice algo

Pillion no explica el pasado de Ray ni resuelve del todo sus contradicciones. Esa ambigüedad es una elección acertada: hay algo en ese misterio que sostiene la atracción y la distancia al mismo tiempo. Donde la película pierde algo de amplitud es en su decisión de concentrarse exclusivamente en la pareja. El resto de la vida de ambos personajes queda casi sin desarrollar. Para algunos esa reducción puede sentirse limitante. Aunque también es coherente con lo que la historia quiere contar: una relación tan cerrada sobre sí misma que casi no deja espacio para nada más.

Pillion podría haberse quedado en una provocadora historia sobre sexo, dominación y sumisión. En cambio, encuentra ahí el punto de partida para hablar de algo mucho más universal.

Podrían ser dos adolescentes, una pareja heterosexual, dos amantes separados por sus familias o, como aquí, dos hombres dentro de una relación BDSM. Las formas cambian. Las reglas cambian. La manera de demostrar afecto cambia. Pero el fondo permanece: queremos ser queridos, queremos importar para alguien y tenemos miedo de descubrir que aquello que necesitamos no es lo mismo que la otra persona está dispuesta a darnos.

Lo que queda, al final, es una certeza incómoda y hermosa. Las formas cambian, el vocabulario cambia, las reglas cambian. Pero el miedo al abandono, la necesidad de ser elegido y el dolor de descubrir que el otro no puede darte lo que pides son exactamente los mismos, sin importar qué tipo de relación se trate.