La Odisea: Christopher Nolan filma al héroe que sobrevivió a su propia leyenda
¿Qué ocurre cuando el héroe de una guerra descubre que su victoria fue también el inicio de su castigo? Esa es la pregunta que impulsa a La Odisea, la nueva y ambiciosa adaptación de Christopher Nolan sobre el poema homérico. Tras diez años de guerra en Troya, Odiseo (Matt Damon) intenta volver a Ítaca, donde su esposa Penélope (Anne Hathaway) lo espera hace veinte años resistiendo el acoso de un grupo de pretendientes liderados por el cruel Antínoo (Robert Pattinson). Su hijo Telémaco (Tom Holland) sale a buscarlo mientras el propio Odiseo, atrapado en la isla de la ninfa Calipso (Charlize Theron), reconstruye en su memoria el viaje que lo ha mantenido lejos de casa: el cíclope Polifemo, la hechicera Circe (Samantha Morton), las sirenas, la furia de Poseidón.
Nolan adapta el material con la misma ambición desmedida que ha definido toda su carrera, pero con una decisión clave que cambia el eje de la historia: Odiseo no es aquí el héroe épico de los libros de texto sino un hombre destruido por su propio heroísmo. El Caballo de Troya, la estratagema que le dio la victoria, es también el origen de una culpa que lo persigue durante dos décadas. Ganarle a los dioses tuvo un precio, y ese precio es el verdadero tema de la película.
Damon construye un guerrero agotado, no glorioso
Matt Damon entrega una de las actuaciones más contenidas de su carrera. Su Odiseo no busca conquistar nuevos mundos: busca reconstruirse a sí mismo. Esa decisión de alejarse del héroe invencible es la que sostiene emocionalmente toda la propuesta, y conecta directamente con lo que Nolan ya exploró en Oppenheimer: un hombre brillante que cruza una línea que no tiene retorno y debe cargar con eso el resto de su vida.

El elenco secundario está a la altura. John Leguizamo, como el fiel sirviente ciego Eumeo, ofrece probablemente el mejor trabajo de su carrera reciente, aportando una humanidad que se roba cada escena en la que aparece. Samantha Morton construye una Circe genuinamente inquietante. Robert Pattinson disfruta con evidente placer la maldad de Antínoo.
Visualmente, la Odisea a es una demostración de por qué Nolan sigue siendo uno de los grandes directores de espectáculo del cine actual. Filmada íntegramente en cámaras IMAX, con la fotografía de Hoyte van Hoytema capturando paisajes que parecen sacados de otra era del cine, cada encuentro mitológico (el cíclope, las sirenas, la tormenta de Poseidón) tiene una escala física pocas veces vista en una producción contemporánea. Ludwig Göransson entrega una banda sonora excepcional, que pasa de las cuerdas antiguas al tambor de guerra sin perder nunca la tensión emocional del viaje interior de Odiseo.
Donde el mito pesa más que la emoción
No todo funciona con la misma solidez. La relación entre Odiseo, Penélope y Telémaco nunca alcanza la intensidad necesaria para que el regreso a Ítaca golpee con la fuerza que debería. Se entiende intelectualmente lo que está en juego, pero cuesta sentirlo con la misma potencia. La estructura episódica del poema original obliga además a condensar encuentros que merecían más espacio: algunos monstruos y criaturas pasan casi como trámites del recorrido antes que como experiencias de verdadero peso dramático.

También persiste la solemnidad característica de Nolan, sin apenas un respiro de liviandad en casi tres horas de metraje. Es una película que impresiona, que golpea visualmente y que piensa en serio sobre el costo del heroísmo, pero que rara vez se permite el humor o la calidez que aligerarían su enorme ambición.
La Odisea no es la adaptación definitiva del poema de Homero, pero sí una reinterpretación coherente con las obsesiones que han marcado la filmografía de Nolan. Después de Oppenheimer, vuelve a preguntarse cuánto puede soportar un hombre que fue demasiado lejos. Y encuentra que, a veces, el viaje más largo no es cruzar el mar, sino aprender a volver a ser quien eras antes de convertirte en leyenda.