Amarga Navidad: el vampiro que se mira al espejo
¿Tiene el artista derecho a alimentarse del dolor de quienes lo rodean para crear? Esa pregunta incómoda es el corazón de Amarga Navidad, la nueva película de Pedro Almodóvar.
Raúl (Leonardo Sbaraglia) es un director en bloqueo creativo, canoso, con novio joven y una trayectoria de prestigio. Para salir de ese vacío, empieza a escribir un guion sobre Elsa (Bárbara Lennie), una cineasta de culto que sufre migrañas y ataques de pánico en el Madrid de 2004. Lo que Raúl no confiesa del todo, ni a sí mismo, es que Elsa no es un personaje inventado. Es una combinación de sus propias angustias y de las vidas de quienes lo rodean, especialmente de Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), su asistente de décadas.
La película funciona como una matrioska: Almodóvar escribe a Raúl, Raúl escribe a Elsa, Elsa escribe su propia historia. Tres capas de autoficción que se miran entre sí. Las dos tramas principales están separadas por veinte años, pero no son historias paralelas. Son dos trenes que avanzan en direcciones distintas hasta que chocan y se fusionan.
Cuando Raúl escribe, Almodóvar se confiesa
El juego de espejos tiene una lógica precisa. Cuando vemos la ficción que escribe Raúl, aparecen todos los clichés del universo Almodóvar: colores saturados, mujeres en crisis y amores imposibles. Cuando vemos a Raúl en su realidad, el tono es más contenido, más seco, más incómodo. Esa alternancia es lo más inteligente del film.

Sbaraglia construye un personaje que es simultáneamente víctima y verdugo. Raúl vampiriza el dolor ajeno con la convicción serena de quien cree que el arte justifica cualquier precio. Almodóvar no lo absuelve, pero tampoco lo condena del todo. Lo que hace es algo más valiente: retratarse como ese hombre y preguntarle al espectador si entiende por qué.
La escena final entre Raúl y Mónica es lo mejor de la película. Ella lo enfrenta con una lucidez devastadora, nombra lo que él ha hecho con la vida de otros y lo que ha ignorado de la suya propia. Sánchez-Gijón está extraordinaria. Esa conversación sola justifica el precio de la entrada.
No todo funciona igual de bien. La trama de Elsa en Lanzarote se extiende más de lo necesario, y hay momentos en que la estructura de guion dentro del guion se vuelve mecánica. Tampoco alcanza la profundidad emocional de Dolor y Gloria, donde Banderas lograba que cada escena doliera de verdad. Aquí la distancia intelectual del dispositivo a veces impide que la emoción llegue sin filtros.

Pero es más libre que La habitación de al lado, menos calculada, más dispuesta a ensuciarse. Almodóvar sigue mirándose el ombligo, pero esta vez se pinta de villano. Y hay algo genuinamente valioso en un cineasta de su trayectoria que se sienta a preguntarse si ha tratado bien a quienes lo han sostenido toda la vida.
La respuesta, insinuada en ese final devastador, parece ser que no. Y que lo sabe.