Backrooms (2026): el terror de perderse en un lugar que no debería existir

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¿Puede una película nacida de un creepypasta de internet convertirse en una de las propuestas de terror más interesantes de los últimos años? Backrooms, el debut cinematográfico de Kane Parsons, demuestra que sí, aunque también deja claro que no es una experiencia para todos los espectadores.

Basada en la popular mitología de los espacios liminales y en los cortometrajes que el propio Parsons publicó en YouTube, la película sigue a Clark, un hombre atrapado en una vida marcada por el fracaso, que descubre un portal hacia un laberinto imposible de pasillos interminables, habitaciones vacías y una arquitectura que desafía cualquier lógica. Lo que comienza como una exploración fascinante termina convirtiéndose en una pesadilla que también arrastra a su terapeuta, Mary, hacia el misterio.

Uno de los mayores retos de Backrooms es que exige cierta complicidad del espectador. Quienes lleguen sin conocer el material previo probablemente se encuentren ante una historia desconcertante y difícil de descifrar. Sin embargo, quienes estén familiarizados con los cortos de Parsons descubrirán una experiencia mucho más rica, llena de conexiones, pistas y detalles que ayudan a entender mejor el universo que propone.

Un terror basado en la atmósfera y el misterio

La gran fortaleza de la película está en su capacidad para generar inquietud. Parsons construye espacios que resultan familiares y extraños al mismo tiempo: oficinas vacías, pasillos amarillentos, luces fluorescentes y habitaciones que parecen ensambladas por una lógica incomprensible. Más que buscar sobresaltos constantes, la película apuesta por una sensación de desorientación permanente.

Las influencias son evidentes. Hay ecos de Eraserhead, Twin Peaks, Cube, Skinamarink, el found footage y el terror japonés, pero Parsons logra combinarlos en una propuesta con identidad propia. También destacan el diseño de producción, el trabajo sonoro y las interpretaciones de Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve, que aportan humanidad a una historia donde el entorno suele convertirse en el verdadero protagonista.

Además, la película resulta más interesante cuanto más se reflexiona sobre ella. Los backrooms pueden interpretarse como espacios físicos imposibles, pero también como metáforas de la memoria, la depresión, el estancamiento emocional o la incapacidad de escapar de ciertos momentos del pasado. Es una de esas obras que gana valor cuando se analizan sus símbolos y se conectan sus múltiples capas.

Cuando explicar demasiado juega en contra

No todo funciona igual de bien. En algunos momentos el guion intenta explicar aspectos de su mitología que quizá habrían sido más efectivos permaneciendo en las sombras. Parte del terror nace precisamente de lo desconocido, y ciertas respuestas terminan siendo menos interesantes que las preguntas.

También hay personajes y conflictos emocionales que no alcanzan toda la profundidad que parecen prometer. Aunque la película sugiere ideas psicológicas atractivas, a veces se queda más en la atmósfera que en el desarrollo dramático.

Backrooms es una propuesta de terror poco convencional, fascinante y profundamente atmosférica. No siempre logra equilibrar sus ambiciones narrativas con el misterio que la hizo popular, pero sí consigue algo cada vez más raro: crear imágenes y sensaciones que permanecen en la mente mucho después de terminar la película.

Es una obra que probablemente genere división. Algunos espectadores la encontrarán confusa o excesivamente abstracta. Otros descubrirán un universo lleno de posibilidades, teorías y significados ocultos. En cualquier caso, deja la sensación de que apenas hemos visto una pequeña parte de este laberinto, y eso convierte la idea de una secuela en algo especialmente atractivo.