Minotaur: un laberinto de poder, violencia y corrupción
¿Qué ocurre cuando un hombre poderoso descubre que su esposa le es infiel mientras, al mismo tiempo, debe decidir qué trabajadores serán enviados a morir a una guerra? En Minotaur, Andrey Zvyagintsev parte de una historia conocida —la infidelidad que desencadena una cadena de violencia— para construir algo mucho más amplio: un retrato de una sociedad corroída por la corrupción, la impunidad y la deshumanización.
La película adapta libremente La mujer infiel (1969), de Claude Chabrol, que ya había sido llevada al cine en Hollywood como Infidelidad (2002), de Adrian Lyne. Pero Zvyagintsev traslada ese relato a la Rusia de 2022. Gleb (Dmitriy Mazurov) es el CEO de una poderosa empresa naviera y vive con su esposa Galina (Iris Lebedeva) y su hijo adolescente Seryozha (Boris Kudrin) en una lujosa casa aislada frente a un lago. Desde fuera parecen tenerlo todo, pero el matrimonio es prácticamente un contrato: frío, distante y sostenido por las apariencias.
Mientras Gleb enfrenta las consecuencias económicas de la guerra y recibe la orden de entregar una lista de trabajadores para ser enviados al frente, descubre que Galina mantiene una relación con Anton (Yuriy Zavalnyouk), un fotógrafo. Lo que comienza como una historia de celos pronto se transforma en un thriller de crimen, encubrimientos y silencios.

Y ahí aparece el verdadero corazón de Minotaur: Gleb no es solamente un hombre atrapado en un matrimonio destruido. Es también alguien acostumbrado a decidir quién puede ser sacrificado para proteger sus propios intereses.
Un thriller que convierte la infidelidad en una radiografía social
Uno de los mayores aciertos de Zvyagintsev es no tratar la guerra como un simple telón de fondo. Está presente en las noticias, en los trenes que transportan tanques, en los carteles propagandísticos y, sobre todo, en las conversaciones donde los trabajadores son reducidos a nombres dentro de una lista.
La lógica es sencilla: alguien tiene que pagar el precio y los poderosos harán todo lo posible para que no sean ellos.
Esa misma lógica atraviesa la vida de Gleb. El hombre que puede decidir qué empleados serán enviados al frente también cree tener el poder para resolver el problema de su esposa. La película establece así un paralelismo incómodo entre el ámbito doméstico y el político: en ambos casos, Gleb responde al conflicto intentando controlar, ocultar y sacrificar.
Zvyagintsev además encuentra una poderosa metáfora en el propio título. El Minotauro es el monstruo encerrado en un laberinto que recibe periódicamente sus sacrificios. Aquí, el laberinto parece ser una sociedad atrapada en su propia corrupción, mientras los sacrificios se repiten una y otra vez.
La dirección mantiene la precisión que caracteriza al realizador de Leviathan y Loveless. Los espacios lujosos parecen fríos y opresivos, los personajes están constantemente observados a través de vidrios y ventanas, y los silencios dicen tanto como los diálogos. La fotografía de Mikhail Krichman y las largas escenas cuidadosamente construidas convierten cada habitación en un posible escenario del crimen.
Una película fría, pero no distante
El principal riesgo de Minotaur está precisamente en esa rigurosidad. Zvyagintsev exige paciencia y evita explicar demasiado. Algunas de sus ideas políticas pueden resultar demasiado evidentes, especialmente cuando aparecen los carteles patrióticos, las imágenes de la guerra y los símbolos propagandísticos.

También hay momentos en los que su frialdad puede hacer que los personajes parezcan más piezas de una estructura que personas completamente desarrolladas. La película está menos interesada en juzgarlos que en observar cómo actúan dentro de un sistema donde la corrupción ya parece formar parte del paisaje.
Pero incluso esas limitaciones terminan reforzando su propuesta. Minotaur no necesita convertir a Gleb en un villano convencional. Lo más inquietante es que su comportamiento parece perfectamente integrado en el mundo que habita.
Nueve años después de Loveless y tras haber estado cerca de la muerte por COVID, Zvyagintsev regresa con una película que tiene algo de regreso y algo de despedida. Rodada en Letonia y lejos de Rusia, transmite también la perspectiva de un cineasta en el exilio que observa su país desde la distancia. Y esa distancia parece haber afilado su mirada.
El verdadero Minotauro
Minotaur toma un thriller de infidelidad conocido y lo transforma en una película sobre poder, culpa, violencia y complicidad. El monstruo del título no está necesariamente en el centro del laberinto: también puede ser el hombre que aprendió a sobrevivir dentro de él.
Zvyagintsev no necesita explicar su metáfora. Le basta con mostrar a los poderosos tomando decisiones sobre quién merece ser sacrificado mientras la guerra continúa al otro lado de las ventanas.
Su regreso es, además, una de esas películas donde cada silencio parece esconder algo. Y cuando finalmente comprendemos qué representa ese laberinto, resulta difícil no pensar que el Minotauro nunca estuvo realmente atrapado allí.