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More: El debut floydiano de Barbet Schroeder

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Bajo el gobierno de Richard Nixon, en 1969, comenzó la llamada “Guerra contra las drogas” en Estados Unidos. El uso de sustancias como el LSD y otros psicotrópicos empezó a ser penalizado. Esta estrategia fue también utilizada con el fin de mermar la presencia del pensamiento de izquierda que se estaba gestando en las comunidades hippies.

El empleo de drogas por parte de los jóvenes se fue intensificando. Esto ocasionó una relación de índole identitaria con otros factores artísticos como la literatura, la pintura, la música y el cine. Poetas como Bob Dylan o bandas como The Beatles, The Who, Led Zeppellin o los emergentes Pink Floyd encabezaban esta revolución musical psicodélica.

La nueva subcultura, que abogaba por la libertad, la paz y el consumo de sustancias ilícitas, no tardó mucho en cruzar el océano Atlántico y llegar a Europa. Por ejemplo, en Holanda ya existían clubes donde se podía fumar marihuana sin ninguna represalia. Otro punto de encuentro importante fue Ibiza, en España, donde desde 1963 comenzaron a llegar hippies provenientes de Norteamérica.

Es justo en esta isla (a la cual el periodista español Alfredo Seprúm satanizó en un artículo publicado en agosto de 1969 por el diario ABC, debido al aumento en la ingesta de drogas), donde el cineasta francés Barbet Schroeder desarrolló su ópera prima More, una película protagonizada por Klaus Grünberg y Mimsy Farmar, y además, musicalizada por la banda británica Pink Floyd.

Bienvenido a Ibiza

Ambientada en el erotismo, el nudismo y la drogadicción, la obra de Schroeder (director también de Le Vallée y de la nominada al Óscar Reversal of Fortune) sufrió censura en varios países. Su filmación resultó un reto bajo los ojos de los medios de comunicación franquistas que sólo veían en esta subcultura una invasión, perversión y suciedad.

La trama del filme es la siguiente: Stefan (Klaus Grünberg) es un joven alemán recién egresado de la carrera de matemáticas. Tras dejarlo todo, se marcha a París con un colega con el que empieza a delinquir. Ahí conoce a Estela (Mimsy Farmar), una chica norteamericana y adicta a las drogas, de quien se enamora perdidamente.

Aún y con las advertencias de su amigo, Stefan persigue a Estela hasta Ibiza, donde logra apartarla de su padrote (quién también es su dealer). Acto seguido comienzan un romance lleno de desenfreno, sexo y drogas a la orilla del mar. Stefan adopta así varios de los vicios de su ahora pareja, en especial el de la heroína.

En aquel tiempo, España era utilizado por los narcotraficantes como plataforma para llevar heroína a la ciudad de Nueva York. Incluso en el año en que el largometraje fue estrenado, se descubrió el trasiego de 170 kilos de heroína que habían sido enviados a Norteamérica en latas de paella y de bacalao a la vizcaína.

Ante esto, el director francés buscó retratar una realidad cargada de estos matices intensos, que se presentan en una vida sin guía como las de los chicos antes mencionados. Por supuesto que, con cada decisión tomada, todo tiene su consecuencia y los líos con drogas no suelen acabar bien.

Aún y habiendo momentos cómicos (como la escena donde Stefan lucha drogado contra unos molinos de viento al más puro estilo de Don Quijote de la Mancha), no es ni por mucho la mejor película de Schroeder. En momentos resulta lenta, densa y surrealista. Incluso para algunos críticos resulta “infumable” al ser producto de una época igualmente difusa. Pero a pesar de todo es rescatable su discurso moralista. Y se ha convertido en una película de culto gracias a ser la primer referencia del cineasta galo y al estar sonorizada por el afamado grupo inglés conformado por Roger Waters, David Gilmour, Nick Mason y Rick Wrigth.

Sonido floydiano

Con anterioridad, los Pink Floyd ya habían incursionado en el cine participando en el documental Tonite! All Make Love in London (1967) de Peter Whitehead, y realizando la banda sonora para The Comittee (1968) de Peter Sykes. Con la consolidación de su segundo álbum A Saurceful of Secrets (1968) y la reciente partida de Syd Barrett a causa de su adicción al LCD, la reputación en ascenso de la banda empezaba a propagarse por el medio artístico internacional.

En su libro Inside The Pink Floyd, el baterista Nick Mason afirma que la invitación de Schroeder para que Pink Floy participara en su película llegó en el invierno de 1968. A cada integrante de la banda le pagaron 600 libras por aquella tarea.

Mason recuerda que en ese entonces no tenían presupuesto para rentar un estudio de sincronización. Así que se instalaron en una sala con una pantalla donde cuidadosamente cronometraron las secuencias. Después se movilizaron a los estudios Pye, en Marble Arch (Londres), en cuyas entrañas trabajaron con el experimentado ingeniero de sonido Brian Humphries. Terminaron el trabajo en sólo ocho días.

En su cinta, Schroeder utiliza la música de Pink Floyd como sonido diegético y extradiegético. Es decir, en ocasiones la música proviene de una fuente como una tornamesa, la radio o el fondo de una fiesta; en otras sólo es utilizada como mero acompañamiento de la imagen.

Dentro de las piezas musicales se encuentra una mezcla de psicodelia, rock progresivo, baladas folk e incluso flamenco. No fueron canciones realizadas al estilo Hollywood ni destinadas a ganar un Óscar. En cambio, las obras de los británicos se condensaron en el tercer álbum oficial de la discografía de la banda, bajo el nombre de Music from the film More, publicado el 13 de junio de 1969 y cuya portada consistió en un screenshot de la película rediseñado por el colectivo Hipgnosis.

La película esta disponible en Youtube y puedes acceder a ella desde este enlace.