‘Chicuarotes’, el drama sin fin | Cine O'culto

‘Chicuarotes’, el drama sin fin

- Por

Retratar y abstraer el lado más vil de la pobreza han sido las fortalezas del cine en México, desde la Época de oro hasta el llamado nuevo cine mexicano. Y la más reciente película del aclamado actor y director Gael García Bernal, no es la excepción, ya que su segundo largometraje, ‘Chicuarotes’, estrenado en el Festival de Cannes, explora lo más obscuro de la precariedad económica.

El nombre de la cinta hace referencia al gentilicio con el que se denomina a los originarios del pueblo de San Gregorio de Atlapulco, en la alcaldía Xochimilco de la Ciudad de México. “La palabra viene de un chile endémico de la zona que es muy resiliente, muy duro y muy picante. Les dicen así (a los habitantes) porque refleja su carácter. El fruto es sembrado en chinampas y la gente de la localidad suele referirse con esa palabra a personas que consideran de carácter complicado”, explicó el cineasta mexicano en entrevista con Milenio.

La historia de la película es sobre el “Cagalera” (Benny Emmanuel) y el “Moloteco” (Gabriel Carbajal), dos jóvenes que se ganan la vida haciendo rutinas de chistes en los microbuses, pero que al no obtener las monedas suficientes, deciden que, en algunas ocasiones, es válido asaltar al pasaje.

Un día, después de uno de esos robos que les resulta en un magro botín, se enteran de que es posible comprar una plaza en el sindicato de electricistas, donde, según ellos, tendrán la vida resuelta: Un sueldo descomunal a cambio de trabajar poco.

De tal modo que comienzan a idear formas para conseguir dinero “fácil” a como dé lugar, adquirir la plaza y así salir de su pobreza. Por un lado, “Cagalera” es el líder innato, entusiasta, viceral, chantajista y «de armas tomar», mientras “Moloteco” es introvertido e ingenuo; por no decir algo obtuso.

Emmanuel desempeña una actuación volátil, a veces magistral y en algunos momentos poco convincente, sobre todo por lo forzado de algunas groserías y la exageración del acento de barrio chilango. En tanto, el personaje de Carbajal se percibe entrañable desde un inicio, gracias a su buena interpretación de Patiño.

Conforman también el elenco juvenil Leidi Gutiérrez (Sugheili, novia de Cagalera), Esmeralda Ortiz y Pedro Joaquín (respectivamente, Güily y Víctor, hermanos de Cagalera).

Además, Ricardo Abarca da vida a “El planchado”, galancito del pueblo que ha logrado salir adelante gracias a su astucia y a cometer uno que otro delito menor, pero una noche sufre todo el peso de la ley (literalmente) durante un sketch que involucra toda cantidad y variedad de bragas y sostenes, con el humor característico del guionista Augusto Mendoza (‘Abel’, 2010).

Pese a lo simplona, hay que reconocer que dicha secuencia otorga un poco de luz al sombrío largometraje.

En cuanto al elenco adulto, Dolores Heredia (Tonchi), Enoc Leaño («Baturro»), Daniel Giménez Cacho («Chillamil») y Alejandro de la Rosa (dueño de la carnicería y soberano legitimo del pueblo), encarnan cualquier cantidad de bajezas que son clave en la trama. Además, traen a la memoria los momentos más fatales de grandes cintas como ‘Fe, esperanza y caridad’ (1974) y ‘El lugar sin límites’ (1978) o de la infravalorada tragicomedia ‘Cero y van cuatro’ (2004).

Sin embargo, el resultado no es tan extraordinario y cae en lugares comunes: un sin fin de agobiantes desdichas (eso sí, con una gran musicalización) que se han retratado en innumerables “melodramas”, pero ‘Chicuarotes’ tiene un final que pese a ser abierto, da contundencia al cierre de la historia.

Si bien tuvo un tibio recibimiento con moderado éxito en taquilla, es una buena película sobre cómo una mala decisión se puede convertir en una pesadilla. Nos habla de un dúo adolescente cegado por sus sueños de grandeza, que no miden las consecuencias de sus actos, las cuales pueden ser catastróficas en el México bárbaro de tierras sin ley y en las regiones más marginales de la gran ciudad.