After the Hunt: cuando la provocación llega tarde a su propia fiesta
¿Cuánto cuesta defender la verdad cuando hacerlo amenaza todo lo que has construido? Esa es la pregunta que plantea After the Hunt, la nueva película de Luca Guadagnino. La historia transcurre en los pasillos de Yale, en 2019, en el apogeo de la cultura de la cancelación. Alma Imhoff (Julia Roberts) es una brillante profesora de filosofía a punto de conseguir la titularidad que lleva años persiguiendo. Su colega y amigo cercano Hank Gibson (Andrew Garfield) compite por el mismo puesto. Una noche, tras una reunión en casa de Alma, Hank acompaña a casa a Maggie (Ayo Edebiri), la alumna más prometedora de la profesora. Al día siguiente, Maggie aparece en la puerta de Alma con una acusación: Hank cruzó una línea.
Lo que sigue no es un thriller de culpables y víctimas. Es un estudio de lealtades rotas, secretos del pasado y los costos personales de actuar —o de no hacerlo— en un ambiente donde cada decisión tiene consecuencias académicas, morales y políticas. Alma queda atrapada en el centro, tironeada por la amistad, la ambición y un secreto propio que amenaza con salir a la luz. El marido psicoanalista (Michael Stuhlbarg) observa desde el margen. Y la cámara de Guadagnino recorre todos estos espacios con encuadres geométricos, colores fríos y una banda sonora disonante de Trent Reznor y Atticus Ross que insiste en marcar la tensión aunque la tensión no siempre esté ahí.

La película arranca con un guiño declarado: los créditos imitan los de Woody Allen —tipografía Windsor blanca sobre fondo negro, elenco en orden alfabético, jazz de fondo. La elección no es inocente. Invocar a Allen en una película sobre acusaciones de abuso sexual es una provocación calculada. El problema es que esa es, quizás, la decisión más audaz de todo el film.
Lo que funciona: un elenco que merece mejor material
Las actuaciones son el principal argumento a favor de After the Hunt. Julia Roberts entrega una de sus mejores interpretaciones en años. Su Alma es fría, ambiciosa, autocontrolada hasta el límite, y Roberts la habita con una spikiness que recuerda su trabajo en Closer, de Mike Nichols. No pide simpatía. No la necesita. Cada escena en que confronta a sus estudiantes o manipula a quienes la rodean tiene una energía eléctrica que el resto del film rara vez iguala.
Andrew Garfield construye a Hank con toda su carisma habitual puesta al servicio del mal. Es seductor y despreciable al mismo tiempo, y cuando estalla en una escena de rabia en el pasillo de la universidad, es imposible apartar la vista. Ayo Edebiri, conocida por The Bear, le da a Maggie una ambigüedad genuina: no es la víctima perfecta, y esa imperfección es lo más interesante del personaje. Chloë Sevigny, en un rol secundario, es la única que parece encontrar el humor que la película necesita y no sabe cómo liberar.
Cuando la ambigüedad se convierte en evasión
El problema central de After the Hunt es que promete más de lo que entrega. Guadagnino, el mismo director que convirtió un triángulo amoroso de tenistas en Challengers en un ejercicio de tensión casi física, o que exploró el deseo con una valentía genuina en Queer, aquí elige una estética fría y distante que en lugar de amplificar el drama lo mantiene a raya.

El guion de Nora Garrett, su debut en el largometraje, acumula temas con voluntad enciclopédica: el #MeToo, la cultura de la cancelación, las brechas generacionales, el privilegio de clase, la identidad racial, el consentimiento. Pero acumularlos no es lo mismo que desarrollarlos. Los personajes funcionan más como portavoces de posiciones que como personas con vida propia. Y cuando el film intenta resolver todo esto en un epílogo cinco años después, la sensación es de una historia que no supo dónde terminar.
La comparación inevitable es con Tár, de Todd Field. Esa película abordaba territorios similares —una figura de poder en el mundo académico, la ambigüedad moral, la caída— con una precisión quirúrgica y un sentido del humor sobre sí misma que After the Hunt no encuentra. Guadagnino no se atreve a ir tan lejos. Quiere incomodar, pero también quiere ser comprendido. Y esa tensión lo deja en un terreno gris que no es ambigüedad productiva sino indecisión narrativa.
El reloj que suena en la banda sonora cada vez que la tensión debería escalar dice mucho: es la metáfora del film entero. Algo que señala urgencia sin generarla.
After the Hunt no es un desastre. Es algo más frustrante: una película con todos los ingredientes correctos que no encuentra el valor de usarlos. Un Guadagnino contenido en un material que pedía exactamente lo contrario.