Shoplifters: lecciones vitales de una familia de ladrones

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Hirokazu Koreeda nunca ha escondido su obsesión: la familia y la pobreza a través de la mirada infantil. Shoplifters (ganadora en Cannes) es una simbiosis perfecta de sus ejercicios más sensibles (Like Father, Like Son [De tal padre, tal hijo, 2013]) y los más dolorosos (Dare mo shiranai [Nadie sabe, 2004]. El resultado es una obra grisácea, un estudio de fricciones humanas. La apariencia sencilla esconde un fondo de vértigo que nos invita a reflexionar conceptos tan básicos como la familia o la pobreza. Y quizá lo más fascinante: Koreeda nos hace sonreír durante la mayor parte de un drama desgarrador.

Los Shibata son, cuanto menos, una familia curiosa. El padre (Lily Frank) y su hijo (Kairi Jo) se encargan de proveer lo esencial (mayormente noodles instantáneos) hurtando en pequeñas tiendas; la madre (Sakura Ando) trabaja en un fábrica textil cobrando nada y menos, y la hija mayor (Mayu Matsuoka) se gana la vida “enseñando el perfil de sus tetas” a clientes varios; la abuela (Kirin Kiki) ayuda con sus pensiones, qué más puede hacer la mujer. Y a pesar de vivir al borde de la inmundicia, una fría noche de invierno no dudan en adoptar a un nuevo miembro, una niña pequeña (Miyu Sasaki) cuyos padres la han abandonado. Pobre niña, pensamos, de mal en peor. Entonces, poco a poco caemos, y la revelación es un golpe en el estómago: ninguno de los miembros de la familia Shibata comparte apellido.

Fuente: imdb.com

Koreeda reflexiona el concepto de familia a través de gente que ha sido abandonada. Los Shibata se quieren, se ayudan y se necesitan, quizá más que la mayoría de parientes biológicos, pero a la vez existe la sensación de conveniencia, de huir y no mirar atrás si las circunstancias empujan en esa dirección. Reman juntos, pero de vez en cuando lo hacen en direcciones diferentes, algo poco comprensible para los miembros más pequeños. Koreeda maneja esa fricción entre la unidad familiar y el instinto de supervivencia con un tacto que te descompone.

Gran parte del mérito tiene que ir al reparto de actores. Como el propio Koreeda confesó durante la proyección en el TIFF, «una vez se empezaron a conocer entre ellos todo fue muy fácil«. Cuesta creer que los Shibata no sean una familia biológica. Quizá todavía no quiero creerlo. Los espacios cotidianos se desprenden de todos los hilos, fluyen. Por cercanía nos recuerda a la grandes obras de Yosujiro Ozu: la sensación de realidad, de veracidad, de querer sentarte bien cerca en esa casa del tamaño de una caja de cerillas y contemplar cómo la vida se desenvuelve.

Fuente: tube.hk

Shoplifters es una reflexión sobre la dificultad de la vida en los márgenes y los círculos viciosos que la envuelven; también del concepto de familia y, desde luego, de lo valioso que es el cariño humano. Invita a todo eso a través de la sonrisa, pero a la vez conmueve cuando abraza los espacios más íntimos; la anciana sentada en la arena susurrando «gracias«, mientras contempla cómo disfrutan en la orilla aquellos que la han acogido en su etapa final; o la niña de puntillas alzando su cabeza por encima del balcón, con la esperanza de volver a ver a aquellos desconocidos que tanto echa en falta.