Una Batalla Tras Otra: Paul Thomas Anderson le declara la guerra al presente
¿Hasta dónde está dispuesto a llegar un hombre que ya no cree en las revoluciones cuando descubre que la única causa que le queda es su hija? Esa es la pregunta que mueve Una Batalla Tras Otra (One Battle After Another), la nueva película de Paul Thomas Anderson. Inspirada —libremente— en Vineland, la novela de Thomas Pynchon de 1990, la película traslada su historia al presente más inmediato: centros de detención de inmigrantes, milicias de supremacía blanca, militares desplegados en ciudades santuario. Todo lo que parece exageración de ciencia ficción lleva, al salir del cine, el peso reconocible de los titulares de hoy.
La historia arranca con el grupo revolucionario French 75 liberando inmigrantes detenidos en la frontera México-Estados Unidos. Allí conocemos a Bob Ferguson, alias Ghetto Pat (Leonardo DiCaprio), un experto en explosivos que está tratando de ganarse su lugar en el colectivo. Y a Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor), la líder del grupo: energía pura, convicción sin fisuras. Entre atentado y atentado, los dos tienen una hija, Willa. Pero cuando Perfidia elige la lucha sobre la familia, Bob se queda solo con la niña.

Dieciséis años después, Bob es un alcohólico en bata que fuma marihuana y ve La Batalla de Argelia por televisión como quien mira sus propias ruinas. Willa (Chase Infiniti) es adolescente y trata de entender a un padre que no termina de aterrizar en el presente. Hasta que el Coronel Steven J. Lockjaw (Sean Penn), obsesionado desde aquella noche en la frontera, vuelve a aparecer con el ejército detrás. Y Bob tiene que recordar contraseñas que olvidó hace años para encontrar a su hija antes de que sea demasiado tarde.
Una película que no para de moverse y tampoco de pensar
One Battle After Another es, ante todo, una experiencia física. Anderson y su director de fotografía Michael Bauman filmaron en 35mm con lentes VistaVision de gran formato, y la imagen tiene una textura y una densidad que no se parece al cine actual. Cada plano tiene peso. La cámara sigue a los personajes con una urgencia que convierte cada escena de persecución en algo casi inmersivo. La secuencia final en la autopista, tres coches en una carretera ciega entre colinas, es puro cine: suspenso construido con la geometría del paisaje y la física de los cuerpos.

DiCaprio entrega una actuación extraordinaria. Su Bob es patetismo y ternura en la misma persona: un hombre que alguna vez creyó en algo y que ahora solo sabe que no puede perder a su hija. Funciona porque nunca pide compasión. Sean Penn, como Lockjaw, construye un villano que es al mismo tiempo caricatura y amenaza real. Su ridiculez no lo hace menos peligroso. Y Chase Infiniti, en su debut, es una revelación: tiene una presencia magnética que sostiene cada escena en la que aparece.
Benicio del Toro, en un largo tramo del segundo acto como sensei que esconde a Bob y a varias familias indocumentadas durante una redada militar, es otro de los grandes momentos del film. Su calma frente al caos tiene algo de filosófico. “Llevamos siglos sitiados”, dice. “Olas del océano.”
La película conecta con una tradición larga del cine político americano —hay ecos de La Batalla de Argelia, de Miedo y asco en Las Vegas, del propio Anderson en Magnolia y Petróleo Sangriento— pero nunca se siente arqueológica. Es completamente de hoy. Las redadas contra latinos, los grupos paramilitares de supremacía blanca, la persecución a quien piensa diferente. Anderson no nombra a Trump ni a ningún partido. No hace falta. El mundo que pinta es tan reconocible que duele.
Lo que la adrenalina, a veces, no deja ver
La película promete, en sus primeros tramos, una crítica política de mayor profundidad. El French 75 ataca bancos, vuela torres eléctricas, libera detenidos en la frontera. Hay un retrato de un sistema que persigue disidentes y minorías con ferocidad de Estado policial.

Pero a medida que avanza el film, esa dimensión política se diluye. Lo que queda, y no es poco, es una película de acción con corazón: un padre que busca a su hija. La crítica social se convierte en telón de fondo más que en protagonista. Algunos de los grandes temas que Anderson pone en juego —la criminalización del migrante, la violencia institucional, el legado de los movimientos revolucionarios— quedan en la superficie sin ser explorados con la profundidad que la primera hora prometía.
Es una observación menor dentro de una película que funciona de manera excepcional. Pero es lo que separa a One Battle After Another de los grandes filmes políticos del propio Anderson.
One Battle After Another es una de las mejores películas del año. Deslumbrante en lo formal, generosa en lo humano y completamente viva en su lectura del presente. Anderson confirma que sigue siendo uno de los pocos directores capaces de hacer un cine personal, político y espectacular dentro del sistema de Hollywood. La batalla continúa. Y esta vez, al menos, vale la pena pelearla.