La tumba de las luciérnagas: la película que cambió la animación | Cine O'culto

La tumba de las luciérnagas: la película que cambió la animación

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Existen muchas obras consideradas excelentes, notables, buenas. Al final es una convención torpe (hablando de arte siempre lo es), una balanza en la que pesan la crítica y el público, pocas veces de acuerdo. De vez en cuando, acotando ya al cine, un filme se etiqueta de obra maestra o se convierte en algo de culto; suele ser un ejercicio original que destaca y amplía un género. Sus reglas se convierten en referentes, en horizontes, en la escuela de los que vienen. No es poca cosa. A todos nos vienen a la cabeza nombres y directores, considerados mayores o menores dentro del inmenso esquema. Y prácticamente nunca, una película hace evolucionar el medio. Son esos escasos trabajos que no solo extienden una categoría, sino que maduran el conjunto: cómo la crítica y la audiencia (re)asimilan qué es posible representar con ese lenguaje. En 1988, Isao Takahata dirigió su primera película en Ghibli: Hotaru no Haka (La tumba de las luciérnagas). Y, con ella, la animación cambió para siempre.

En 1945, en plena Segunda Guerra Mundial, la ciudad de Kobe sufre constantes ataques aéreos por parte del ejército de los Estados Unidos. Seita, un niño de 14 años, pierde a su madre en uno de esos ataques, quedando a cargo de Setsuko, su hermana de 4 años. Tras el suceso, van a vivir con su tía, mientras tratan de contactar con su padre, teniente de la armada naval japonesa, quien no da señales de vida. Con el paso del tiempo, la situación con su tía se tensa y deciden utilizar los pocos ahorros de su madre para irse a vivir solos a un refugio de las afueras. Poco a poco, los recursos escasean y la situación empeora.

¿Por qué mueren tan rápido las luciérnagas?

Fuente: medialifecrisis.com

“21 de Septiembre de 1945. Esa es la noche en la que morí”. Así abre la película. Poco después, podemos ver a los espíritus de Seita y la pequeña Setsuko en un tren, compartiendo vagón con la versión de ellos que continúa con vida; sin embargo, se bajan en una parada distinta. Sabemos, desde un primer momento, el trágico final que van a sufrir los dos hermanos. Es un cambio importante respecto a la novela semi biográfica de Akiyuki Nosaka, y es algo curioso en una adaptación tan respetuosa; quizá Takahata decidió añadir este inicio para marcar el tono y ayudar a asimilar desde un comienzo lo que va a suceder, así como para dibujar un pequeño brillo de compasión al saber que, en la otra vida, los hermanos se van a volver a reunir. Independientemente del porqué, La tumba de las luciérnagas deja claro desde un comienzo que no vamos a asistir a un mundo de fantasía con final feliz, sino a un relato situado en un universo real con un desenlace trágico.

El camino a esa conclusión inevitable es todavía más doloroso. La clave principal nos la da Setsuko: “¿por qué mueren tan rápido las luciérnagas?”, pregunta llorando a su hermano mayor en una de las escenas. La metáfora es total. Ghibli y su equipo recrean a dos jóvenes llenos de luz; hay un esmero en los detalles y las pequeñas acciones que hacen que ambos hermanos se acaben convirtiendo en dos personas prácticamente tangibles. Abundan momentos de diversión, de sencillez, de ingenuidad infantil. A causa de eso, es realmente desgarrador ver cómo Seita debe tomar decisiones cuyas consecuencias no puede predecir debido a su temprana edad, o contemplar el cuerpo desnutrido de Setsuko, incapaz de moverse; porque recordamos cuánta luz tenían al comienzo y lo injustamente rápido que una guerra ajena les ha privado de ella. Es algo inexplicable que choca, que nos inunda de impotencia, y todos esos momentos se acompañan con unas composiciones de Michio Mamiya que subrayan y elevan cuando es necesario, sin machacar.

Fuente: dailymotion.com

Existe también una dedicación milimétrica para recrear el contexto. Isao Takahata, nacido en 1935, vivió la experiencia de los ataques con bombas incendiarias durante la Segunda Guerra Mundial. Por lo tanto, no son solo las vivencias propias del escritor de la novela, sino también del director que la adapta. Quizá por esa razón la película transmite tanto realismo y detalle. Existe un conocimiento no solo del hecho, sino de cómo afectó a la vida y a la sociedad: familias destrozadas, ciudades en ruinas, niños sin padres y sin acceso a la educación. También se trata la ceguera de victoria (Seita lleva con orgullo la gorra militar de su padre), así como una sociedad alienada dispuesta a sacrificar todo por su país; es algo que queda reflejado en la tía de los hermanos o en los adultos de la ciudad, asumiendo que Seita y Setsuko son sacrificios que deben aceptar. Hay una deshumanización evidente, una apatía que horroriza.

Los beneficios de la animación

Akiyuki Nosaka, el autor de la novela, ha reconocido abiertamente que recibió muchas ofertas para dar permiso a una versión cinematográfica de La tumba de las luciérnagas. Sin embargo, Nosaka argumentó que «era imposible crear la tierra estéril y quemada que iba a ser la escena de fondo de la historia». También que los niños contemporáneos no serían capaces de interpretar de una manera convincente a los personajes protagonistas. Después de ver los guiones gráficos de Ghibli, Nosaka llegó a la conclusión de que no era posible que tal historia se hubiera hecho en cualquier método que no fuera animación. Es curioso, porque Takahata estuvo a punto de rechazar el proyecto debido al escaso margen que tenía para llevarlo a cabo; el director quería experimentar con un nuevo estilo de animación (una inquietud que cumpliría en Kaguya-hime no Monogatari (El cuento de la princesa Kaguya, 2013), pero finalmente su amigo Hayao Miyazaki le animó y convenció para adaptar la novela con un estilo clásico.

Fuente: letsplaybaduk.com

Es difícil estar en desacuerdo con Akiyuki Nosaka. Probablemente, La tumba de las luciérnagas no podría funcionar fuera de la animación. Tras la adaptación de Ghibli, se ha intentado llevar a acción real en dos ocasiones, y nunca se ha conseguido el mismo resultado. Existe un velo de verosimilitud que no se puede recrear: ¿cómo representas los rostros hambrientos o el cuerpo desnutrido de Setsuko? ¿Cómo muestras la destrucción vasta de Kobe? A través de la animación, Ghibli logra recrear con crudeza y precisión a los jóvenes hermanos y al contexto en ruinas; sin embargo, a la vez suaviza unas imágenes que podrían ser insoportables. La animación recrea honestamente sin espantarnos, sin obligarnos a apartar la mirada.

Aprendiendo del pasado y ampliando horizontes

La tumba de las luciérnagas es una obra que recuerda a las nuevas generaciones el horror de una guerra que no han vivido pero que su país no olvida. Japón siempre ha reconocido sus desgracias para intentar aprender de ellas: los niños de Nagasaki e Hiroshima, por ejemplo, van a la escuela durante el verano, el día en el que la bomba atómica azoto sus ciudades y, a la hora exacta, recuerdan ese terrible momento. No para lamentarse, sino para tomar conciencia y evitar que algo así vuelva a suceder. En este caso, la animación sirve de puente entre generaciones, y aunque se sitúe en un contexto local, es un tema universal que todos comprendemos.

“Creía que este tipo de proyectos tenían un lugar en el mundo de la animación y ahora la gente lo acepta. Pienso que he ampliado los horizontes de las películas de animación y, en este sentido, es uno de los trabajos más importantes que he hecho”. En 1988, La tumba de las luciérnagas maduró la imagen que se tenía sobre la animación. Lo que se podía llegar a representar con ese lenguaje se extendió, y tanto público como crítica comenzaron a asimilar que la técnica también dejaba hueco a universos reales, historias terrenales y finales honestos.

Fuente: viasat6.hu

A día de hoy, Seita y Setsuko siguen siendo un icono de la animación. Uno que da voz a millones de personas, y uno que continúa recordándonos los errores que no deberíamos volver a cometer. Isao Takahata y Ghibli no lograron todo eso recreando la guerra, sino mostrando honestamente cómo esta afecta a la vida.