Mary and Max: aprender a aceptar nuestras verrugas | Cine O'culto

Mary and Max: aprender a aceptar nuestras verrugas

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“Some are born great. Some achieve greatness. Some have greatness thrust upon them. And then…there are others…”. Así comienza Harvie Krumpet (2003), uno de los cinco peculiares cortos familiares de Adam Elliot. El breve texto supone una declaración de intenciones bien directa: en sus obras no vamos a contemplar a seres humanos afortunados, sino a los rechazados, a los desamparados y a los diferentes; a esos “otros”. Junto a Harvie Krumpet, los cortometrajes artesanales Uncle (1996), Cousin (1999) y Brother (2000) también sintetizan todas las claves del artista australiano: la técnica de animación claymation (stop motion con arcilla, uno de tonos oscuros y grisáceos), un interés peculiar por mostrar familias y familiares singulares y la presencia constante de narradores. Todas esas inquietudes, todos esos ingredientes, se llevan a otro nivel en Mary and Max, el primer y único largometraje del director hasta la fecha.

Mary Daisy Dinkle tiene 8 años y vive en Australia con su peculiar familia; es una niña solitaria e infeliz consigo misma, criada por una madre alcohólica y un padre ausente. Max tiene 43 años y vive solo en Nueva York; es una persona obesa que sufre síndrome de Asperger. Un día, mientras su madre está “tomando prestados” sobres en la oficina de correos, Mary ojea la lista telefónica de Nueva York y elige un nombre al azar: Max Jerry Horovitz. A partir de ese momento, comienza una amistad a larga distancia tan singular como trascendental.

Fuente: Nickyarborough.com

No os engañéis: a pesar de que Mary and Max tiene todos los ingredientes para ser un drama serio ñoño, Adam Elliot es consciente de ello y lo esquiva con un humor. La película es indudablemente adulta, tratando temas como las enfermedades mentales, la obesidad, el alcoholismo, el bullying o directamente, la muerte. Sin embargo, la desdicha de sus personajes es tan extrema que se acaba convirtiendo en una tragicomedia, y da pie a gags brillantes: Max tiene dos televisores, uno grande en el que solo funciona el sonido, y uno pequeño en el que solo funciona la imagen, y los tiene en el salón, uno encima del otro. Aparte de las desgracias serias, que las hay a montones, todo se rodea por un velo de infortunios que descongestionan el tono de maravilla. Eso de “cuando algo es malo, lo más divertido es ver cómo empeora” se lleva aquí a otro nivel. Os emocionará, pero también os hará reír, y lograr ese tono es algo que requiere mucha maestría.

Todo eso se lleva a la vida a través de un claymation cuidadísimo. Es un estilo artesanal que han popularizado compañías de animación como Aardman (Chicken Run, Wallace & Gromit, Shaun the Sheep). No obstante, Adam Elliot lleva esa técnica a su terreno: en Mary and Max, los colores vivos que acostumbramos a ver se convierten en grises. Todo el universo de Mary es de una marrón grisáceo, sin vida; el de Max, directamente blanco y negro, pálido. Es una decisión técnica que funciona a nivel narrativo, que acentúa la desdicha, la monotonía, la ausencia de autoestima. No por casualidad, lo único que colorea el universo de Max son las cosas que Mary le envía por correo: son dos personas inertes que, poco a poco, se van dando algo de vida. Además, la arcilla es un material semirrígido que limita la capacidad para moldear expresiones, y eso es algo que aquí se utiliza en favor a los personajes, enfatizando todavía más sus situaciones pesimistas: Max asegura que sonríe por dentro, pero no sabe cómo hacerlo por fuera. Mary and Max es un ejemplo brillante de utilizar los beneficios e inconvenientes de una técnica a tu favor, para elevar el relato.

El sonido también es algo que se cuida. Los personajes están doblados por voces tan extraordinarias como Toni Collette (Mary), Barry Humphries (narrador) y, en especial, Philip Seymour Hoffman; el actor logró definir a Max con un tacto fascinante. La música, aunque no original, saca todo el jugo posible a temas clásicos; Max escribiendo al ritmo de The Typewriter de Leroy Anderson o Mary delirando con Qué será será de Pink Martini nunca se borran de la memoria. El conjunto compone momentos que querremos revisitar una y otra vez, ya sea para sonreír o para emocionarnos.

Fuente: LaMula.pe

“God gave us relatives… thank God we can choose our friends”. Con esa última cita de Ethel Mumford, la película cierra 88 minutos de pura magia, de seis años de trabajo que culminan la trayectoria de un autor. En su primer y quizá último largometraje, Adam Elliot expande su estilo y corona todos aquellos temas que le inquietan. Quizá por esa razón se aprecia como un ejercicio tan honesto y sincero, tan inevitable. Mary and Max es, en el fondo, un relato tan adulto como inocente sobre la amistad y la autoestima, así como una reverencia hacia lo imperfecto. Porque al igual que la familia, los defectos nos vienen de base; lo mejor que podemos hacer, dice Max, es aceptarnos, con nuestras verrugas y todo.