En “Merlí” la Filosofía es la excusa

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Lograr la atención de una clase de secundaria es pan comido para Merlí, un excéntrico profesor de Filosofía que le ha cambiado la vida a más de uno.  Se trata del personaje protagónico de otra exitosa serie ibérica que, muy alejada de la trama de La casa de papel de Alex Pina, se ha colado entre las disímiles audiencias de Netflix.

El creador de esta producción, Héctor Lozano, de la mano del director Eduard Cortés, dieron el salto de la cadena catalana TV3 a la distribuidora estadounidense en 2016. De allí en adelante, tras tres temporadas, los monitores y pantallas que la transmiten no paran de multiplicarse.

Francesc Orella encarna a Merlí Bergeron, un hombre de unos cincuenta y tantos años que arriba a la casa de su madre luego de ser desalojado de su apartamento de divorciado. Junto a él llega Bruno (David Solans), el hijo con quien había pasado años sin convivir debido a la separación con su exesposa. La historia se enreda aún más cuando Merlí consigue un empleo en la misma escuela del hijo y queda como profesor de su clase.

Toda el aura de la serie nos hace recordar a El club de los poetas muertos (1989). Al igual que el profesor John Keating (Robin Williams), Merlí busca que sus estudiantes se cuestionen los conceptos e ideas prestablecidos en la sociedad; aprovechen el tiempo y disfruten la vida.

Filósofos peripatéticos

Acercar un tema denso como la filosofía a una audiencia adolescente tan consumida por lo actual e inmediato, es uno de los principales reconocimientos que se le da a Merlí. Schopenhauer, Nietzsche y Platón salen de los libros, sus pensamientos son discutidos en clase frente a cámaras y llegan a las casas. Cada capítulo gira en torno a un pensador o escuela de pensamiento y sus teorías recubren de manera directa o indirecta diversas situaciones en pantalla. A medida que transcurre la serie, estas referencias se hacen cada vez menos visibles puesto que los conflictos se vuelven más complejos.

Es admirable la manera en la que conceptos tan complejos son aterrizados por el profesor Bergeron y gran parte de esto se debe al excelente trabajo de los guionistas. Los diálogos y monólogos de Merlí brillan en cada episodio.

Y aunque la trama muchas veces resuma lugares comunes que le restan originalidad a la historia, existe un acierto importante que es la relación homosexual. En plena adolescencia el descubrimiento por las preferencias sexuales se hace fundamental y, al ser esta un producción “familiar”, se presta a impulsar conversaciones y debates en casa.

En Argentina la serie ya se ha vuelto popular – compitiendo incluso con La casa de papel- y los medios de comunicación se han encargado de replicar su éxito. Hay quien, además, se atreve a vincular el ascenso del interés por la carrera de Filosofía a la producción, cosa que suma puntos a la evaluación general. Pero, hay que decirlo, no es una historia tan enviciante, sino más reflexiva.