Into the wild: un viaje influenciado por Thoreau.

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En julio de 1845, Henry David Thoreau decidió vivir sólo en una cabaña anclada en los bosques de Massachusetts, justo a la orilla del lago Walden, para hacer frente a los hechos esenciales de la vida. Allí vivió dos años y dos meses, y escribió varios textos filosóficos que versan sobre el motivo de la vida, la sofocación del sistema y la libertad del ser humano moderno.

Para Thoreau, en la vida moderna, el hombre trabaja bajo la influencia de un error que no le da tiempo de ser otra cosa que una máquina. Éste vive en el drama de satisfacer sus necesidades superficiales, mismas que el sistema y sus medios de producción han creado. Se ha olvidado de su parte esencial en la naturaleza; se encuentra inmerso en una vida de tranquila desesperación.

Thoreau ha servido de inspiración para muchos inconformes contra la corriente capitalista, quienes igual que él deducen que primero se debe ser hombre y después ciudadano. Para otros es muy debatible el punto de vista de un escritor desempleado y habitante de un bosque que se negaba a pagar sus impuestos.

Pasarían 145 años para que Christopher Johnson McCandless, un joven graduado de la Universidad Emory de Atlanta, harto de la banalidad de su entorno, tratase de seguir el ejemplo de Thoreau al pié de la letra.

UN AVENTURERO

Tras graduarse de la universidad, en 1990, Chris McCandles decidió cortar todo lazo con su familia y donó el dinero que le quedaba de su fondo universitario a la beneficencia. Lo motivaron la austeridad de la sociedad y algunos problemas familiares. Subió a su viejo datsun amarillo y condujo por carretera desde Atlanta rumbo al oeste. Luego, abandonó su coche en el desierto de Arizona y siguió a pie su travesía: su objetivo era llegar a los bosques de Alaska.

Con el deseo de no ser encontrado, McCandless cambió su nombre a Alexander Supertramp. En el camino conoció otros viajeros que seguían ideales similares a los suyos; sin embargo, McCandless no quiso compañeros de viaje. Él buscaba renunciar a toda comodidad, a todo lujo; quiso empezar desde cero y experimentar esa elevación humana de la que hablaba Thoreau.

En abril de 1992, con tan sólo 24 años, Chris McCandless llegó a las gélidas tierras de Alaska. Ahí dio con el famoso “Autobús Mágico”, un pedazo de chatarra abandonado a orillas de un brazo del río Yukon por una constructora. Le sirvió de refugio durante 100 días. Vivía en una guarida al lado de un cuerpo de agua, con el objetivo de encontrarse a sí mismo… más Thoreau, imposible.

Tiempo después, un grupo de cazadores encontró su cuerpo en estado de descomposición dentro de aquella caja metálica. McCandless había fallecido a causa de su inexperiencia al lidiar con una naturaleza que, antes que nada, muestra su superioridad frente al hombre a la más mínima oportunidad.

LA HISTORIA EN PANTALLA

En 1994, John Krakauer, un periodista norteamericano se topó con la historia de McCandless y publicó un reportaje en la revista Outside. El texto atrapó tanto a sus lectores que, un año más tarde,  decidió escribir un libro. A la obra la tituló Into the wild, en honor a una de las cartas que McCandles escribió durante su travesía.

La hazaña del joven McCandless tardó poco más de diez años en llegar a la pantalla grande. En 2007, Sean Penn decidió rodar una película sobre el mártir viajero, respetando el aura idealista del infortunado muchacho, basándose en el libro de Krakauer. Así, Into the wild (Hacia rutas salvajes) comenzó a conmover a miles de personas.

Penn contactó a la familia de McCandless y consiguió todos los permisos para rodar la historia. En ella, Emile Hirsch da cátedra de su talento actoral al no utilizar dobles en las escenas peligrosas y perder hasta 30 kilos de peso para encarnar el espíritu de Chris McCandless. En la fotografía, Eric Gautier logró retratar la idea del mosaico de sentimientos y expresiones que McCandless sintió. En el sonido directo, Edward Tise hizo un trabajo tan efectivo que no fue necesaria mucha posproducción. Y finalmente, la banda sonora de Eddie Vadder, con canciones como Society, Guaranteed o Hard Sun, sella de manera sublime esta amalgama de elementos cinematográficos.

Sean Penn decidió que, para poder capturar toda la esencia del chico, los escenarios tenían que ser los mismos en los que McCandless había dejado su huella. Tras ocho meses de filmación bajo distintos climas, en toda la película no hubo ni un escenario adaptado a excepción del Autobús Mágico, dado que Penn no quiso grabar en el original por respeto a la memoria de McCandless; por ello la producción consiguió un camión del mismo modelo (International Harvester 1940) y lo colocó en otra parte de Alaska.

Por todo el trabajo descrito, Into the wild consiguió dos nominaciones al Óscar de 2007, como mejor actor de reparto y mejor montaje. Además, en 2008, Eddie Vedder logró dos Globos de Oro por mejor canción original y mejor banda sonora. Ése mismo año, la revista Empire la situó en el puesto 473 de las 500 mejores películas de toda la historia.

SIEMPRE THOREAU

La historia de McCandless tiene todo un trasfondo literario y filosófico. Las grandes obras de los autores que leía están presentes en toda la cinta: León Tolstoi, Jack London, Nikolái Gogol o el mismo Henry David Thoreau.

Si bien, Thoreau no es el único autor en el que McCandless buscaba respuestas, fue quien quizá más lo influenció. Las ideas de Thoreau aparecen durante la película, cual arcoiris tras la lluvia. Invaden la pantalla frases como “Antes que el amor, dinero, la fe, la fama y la justicia, dadme la verdad”, así como continuas críticas hacia lo superfluo del ser humano.

A diferencia de McCandless, Thoreau sí regresó a la civilización para tratar de compartir su aprendizaje. McCandless quiso volver tras encontrarse con una frase en la novela La felicidad conyugal de León Tolstoi: “La felicidad sólo es real cuando se comparte”. El aventurero por fin había encontrado la respuesta que buscaba entre aquellas catedrales de coníferas, pero la naturaleza le negó el retorno; quedó atrapado por la crecida primaveral del río Yukon en aquel paraíso traicionero y posteriormente cayó envenenado por la ingestión de una raíz.

Tal vez McCandless no dejó una obra escrita como otros seguidores de Thoreau de la talla de Annie Dillard, Henry Bugbee o Bruce Wilshire, pero sí dejó un mensaje, y ya es cuestión de cada espectador el elaborar una interpretación sobre el mismo: recordó cómo se agudiza el conflicto entre nuestro ser cultural y nuestro ser natural. Actualmente, su historia es una inspiración para miles de almas extraviadas en la prisión temporal de las ciudades, mismas que ven en la naturaleza una posible escapatoria. Su legado ha sido replicado en el mundo gracias a las obras de Krakauer y de Penn.