Moscas: Fernando Eimbcke vuelve con una historia sobre la soledad y los vínculos que no esperamos

- Por

Hay películas que necesitan grandes acontecimientos para hablar de la vida y hay otras que encuentran todo lo que necesitan en una rutina que, de pronto, se rompe. Moscas, la nueva película del mexicano Fernando Eimbcke, pertenece a la segunda categoría.

El director de Temporada de patos, Lake Tahoe y Club Sándwich regresa con una historia íntima sobre una mujer solitaria que, casi por accidente, termina estableciendo un vínculo con un niño de nueve años. La película forma parte de la Competencia Latinoamericana de Ficción del 30.º Festival Internacional de Cine de Lima PUCP, después de pasar por algunos de los festivales más importantes del mundo.

Su recorrido comenzó en la Berlinale 2026, donde compitió por el Oso de Oro y obtuvo el Premio del Jurado Ecuménico. Después pasó por el Festival Internacional de Cine de Guadalajara y el Festival de Cannes.

Una mujer que ha aprendido a vivir sola

Olga vive en un enorme complejo habitacional y lleva una existencia marcada por rutinas estrictas. Su vida parece funcionar precisamente porque ha eliminado de ella todo aquello que pueda alterar su equilibrio.

Pero la necesidad económica la obliga a alquilar una habitación de su departamento.

El hombre que la alquila llega acompañado en secreto por su hijo de nueve años, Cristian. De pronto, Olga tiene que compartir su espacio con un niño que representa exactamente aquello que había conseguido mantener fuera de su vida: el vínculo emocional.

La premisa parece sencilla, pero Eimbcke la utiliza para hablar de algo mucho más complejo: qué sucede cuando una persona que ha aprendido a protegerse de los demás vuelve a encontrar una razón para preocuparse por alguien.

Una historia sobre la ausencia

Moscas no construye su drama alrededor de grandes giros. Su interés está en observar cómo se transforma lentamente la relación entre Olga y Cristian.

El niño llega a su vida en un momento particularmente difícil: su madre se encuentra recibiendo tratamiento médico y su padre intenta sostener la situación familiar. La enfermedad, la precariedad y la ausencia están presentes en la historia, pero Eimbcke evita convertirlas en un melodrama convencional.

La película encuentra espacio incluso para el humor y para momentos de ternura. La relación entre ambos personajes se construye a partir de pequeñas acciones y de una convivencia que inicialmente parece accidental, pero que poco a poco adquiere otro significado.

Ahí aparece una de las características más reconocibles del cine de Eimbcke: contar grandes emociones a través de situaciones aparentemente pequeñas.

El regreso de Fernando Eimbcke

Con Moscas, Eimbcke regresa a un territorio que conoce muy bien.

Su ópera prima, Temporada de patos (2004), se convirtió en una de las películas más reconocidas del nuevo cine mexicano y obtuvo numerosos premios internacionales. Después llegarían Lake Tahoe y Club Sándwich, películas que consolidaron su estilo basado en personajes cotidianos, humor sutil, silencios y situaciones aparentemente simples que terminan revelando conflictos emocionales más profundos.

En Moscas vuelve a trabajar desde esa misma sensibilidad, pero ahora con una historia atravesada por la pérdida y la necesidad de encontrar compañía.

La guionista Vanesa Garnica, con quien Eimbcke también trabajó en Olmo, colaboró en la escritura del guion. Para construir el contexto médico de la película, Garnica realizó una investigación sobre las dificultades que enfrentan las familias para acceder a tratamientos de salud.

El blanco y negro como parte de su lenguaje

Uno de los elementos más llamativos de Moscas es su fotografía en blanco y negro, realizada por la cinefotógrafa mexicana María Secco.

La decisión visual encaja con el cine de Eimbcke: una puesta en escena contenida, espacios cotidianos y una cámara que observa a los personajes sin necesidad de subrayar constantemente lo que sienten.

El enorme complejo habitacional donde vive Olga también adquiere importancia. El espacio puede sentirse impersonal y repetitivo, pero dentro de él se desarrolla una historia profundamente humana.

La película incluso incorpora elementos del neorrealismo, una influencia que Eimbcke ha reconocido junto con referencias como Ladrón de bicicletas y El laberinto del fauno.

Las moscas como aquello que irrumpe en nuestra vida

El título puede parecer extraño para una película tan íntima, pero tiene sentido dentro de su propuesta.

Las moscas representan aquello que aparece sin ser invitado y altera una rutina que parecía perfectamente controlada. Para Olga, Cristian es precisamente eso: una presencia inesperada que entra en su vida y modifica poco a poco la manera en que se relaciona con el mundo.

Y quizás ahí esté el corazón de la película.

A veces creemos que estamos protegiéndonos cuando en realidad simplemente estamos evitando sentir. Olga ha construido una vida donde casi nada puede hacerle daño porque casi nada puede acercarse demasiado a ella. La llegada de Cristian rompe esa protección.

Una película que encontró su lugar en Berlín

El paso de Moscas por la Berlinale fue especialmente significativo. La película compitió en la sección oficial y recibió el Premio del Jurado Ecuménico, que reconoció su aproximación a temas humanos y sociales.

Posteriormente, Eimbcke presentó la película en Guadalajara, donde cerró un ciclo que comenzó hace más de dos décadas con Temporada de patos.

Ahora Moscas llega a Lima como una de las películas de la Competencia Latinoamericana de Ficción. Su presencia resulta especialmente interesante dentro de una sección que reúne propuestas de distintos países y generaciones del cine latinoamericano.

No es una película que necesite levantar la voz para hacerse notar. Su apuesta está precisamente en lo contrario: observar, esperar y encontrar emoción en aquello que normalmente pasa desapercibido.

Porque a veces una persona no necesita que ocurra algo extraordinario para cambiar su vida. A veces basta con que alguien inesperado entre por la puerta.