Leave no trace, de amor, supervivencia y enfrentar al sistema

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Un intenso color verde se apodera de la pantalla. Majestuosos árboles, arbustos y abundante vegetación, sonorizada por el tenue canto de diversas aves generan una relajación excepcional. De pronto se observa a un hombre y a una adolescente en un campamento improvisado: padre e hija realizan actividades cotidianas del hogar en lo profundo del espeso bosque.

En breve se revela que viven ahí, solos, tranquilamente, sin la necesidad de las comodidades de una metrópoli, pero ambos usan ropas de camuflaje y permanecen en estado de alerta para evitar contacto con quien sea, ya que no es un bosque cualquiera donde han instalado su hogar, es una reserva natural de Oregon, en la que vivir es ilegal.

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Así se constituye el eje rector de Leave no trace, estrenada en 2018, (conocida en México como “Sin rastro”) una película que va más allá del entretenimiento, ya que consigue ser una cautivadora desventura de dos personajes con los que inevitablemente se empatiza, sobre todo cuando enfrentan la adversidad al abandonar su exilio. ¿Por qué el aislamiento? ¿Por qué la soledad? ¿Por qué apartarse de la sociedad? Es la clave del filme.

Las técnicas de supervivencia utilizadas durante su estancia en la reserva (las cuales incluyen discretas y brevísimas visitas al supermercado), resultan entretenidas e intrigantes mientras se va deshilando la trama, basada en la novela titulada My Abandonment de Peter Rock, inspirada en una historia real.

Padre e hija viven de forma distinta el proceso de socialización al que son obligados al ser descubiertos en la reserva. Hay grandes momentos de drama en los que se vive el tormento de Will (Ben Foster) y la incertidumbre de Tom (Thomasin McKenzie), sin necesidad de recurrir a secuencias de violencia gráfica. Todo se logra gracias las extraordinarias interpretaciones de angustia, miedo y tristeza en una atmósfera de un futuro incierto, aparentemente mejor.

Quizá el único desacierto del filme es el tardado y en ocasiones confuso rumbo hacia el clímax del filme, pero aún así es una excelente opción cuando se busca cine independiente de calidad, que haga pensar, que obligue a reflexionar, y más cuando es una historia verosímil.

Hay momentos en que recuerda a Into the wild (2008), pero con cero dosis de cursilería e ideales “color de rosa”; así como una banda sonora menos interesante, ya que pese a lo mencionado, un gran acierto de la protagonizada por Emile Hirsch es la excelente música interpretada por Eddie Veder. Hubiera sido otro importante punto a favor de Leave no trace.

La dirección corrió a cargo de Debra Granik (nominada a dos premios de la Academia por Down to the bone, de 2014), quien al frente de la cámara logró un largometraje excepcional (con 82% de aprobación en Rotten Tomatoes) que mantiene hipnotizado por los bellos paisajes, espectaculares actuaciones e innovadora cinematografía, por mencionar algunos de los tantos aciertos de la cinta.