El silencio de Roma

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El silencio es sustancia del lenguaje. Luis Villoro lo consideraba un modo del habla. Del él nace la palabra y sólo con palabras es posible describirlo. Más que ausencia es una puerta que se abre ante lo onírico. En Roma (2018), Alfonso Cuarón utiliza este recurso para extraer lo más íntimo de su narrativa.

En 1952 el compositor estadounidense John Cage estrenó su obra 4’33’’. La pieza fue una alegoría al silencio donde un pianista cerraba y abría la tapa del piano cada tres movimientos. El instrumento nunca se tocó. En su lugar, los sonidos del público ocuparon el primer plano sónico del teatro. La idea cageana del silencio significó una revolución en el concepto del mismo; su silencio no trataba de la carencia de sonido, sino de un silencio relativo; una invitación a escuchar con atención los elementos que suelen insonorizarse o colocarse en el segundo plano de un discurso.

El diálogo entre los humanos no sólo aborda las palabras, también trata de los gestos que dan forma al lenguaje. El silencio, en el sentido cageano, es uno de estos gestos básicos y se presenta con mayor profundidad en el cine debido a la estructura del séptimo arte.

En su libro La retórica del silencio, Amparo Amorós afirma que su uso como herramienta cinematográfica permite reflejar ciertas formas de la realidad que yacen escondidas y pueden ser relevantes, al grado que extrae la lectura de una visión entrecortada como la respiración de la angustia.

Cabe recordar que el cine es una metáfora que nace a partir de otra metáfora que el ser humano fabrica de la realidad. Aquí el silencio emerge como una construcción; es la percepción de lo real desde el campo diegético.

La cineasta y profesora Carlota Frisón, de la Universidad Autónoma de Barcelona, expone en su tesis doctoral que:

En el silencio la escritura no será legible, pero sí implícita, forjada con palabras; las palabras en el silencio del habla no serán audibles, pero sí sobreentendidas, generando supuestos con contenido expreso y el silencio en el sonido se articula en ruidos escasamente oíbles.

El edificio silencioso se obra, entonces, a través de materiales entre las palabras y los ruidos. El carácter visual del cine propicia que el silencio ejerza un papel contundente: es una acción que refuerza la imagen.

Así, su rubro cinematográfico desborda la forma de permitir aquellos sonidos que se ignoran y aflora los significados del contexto, expresa lo inexpresable, da palabra a aquello que no tiene palabra para definirse; por ejemplo, una situación difícil de surcar emocionalmente.

En la concepción del profesor español Luis Manuel Valdés Villanueva:

Sólo cabe el silencio frente a los problemas realmente importantes.

El filme Roma posee ciertas características que lo aproximan al concepto del silencio de Cage. Cleo (Yalitza Aparicio), su personaje protagonista, emplea dicho instrumento en sus diálogos.

Fotografía: Carlos Somonte

El leitmotiv de Cleo

Una de las herramientas recurrentes en las bandas sonoras de las películas es el denominado “leitmotiv”. Este proviene de la tradición operística y tuvo su apogeo en los dramas de Richard Wagner. Prácticamente consiste en identificar una melodía musical con un personaje, con un sentimiento, con una situación o con un objeto.

En el cine, el leitmotiv se aplica generalmente a los personajes principales. Esta melodía cambia de características como el tono, la intensidad o la duración según el momento de la trama, por lo que no es estática. Muta y se adecua a los componentes cinematográficos restantes para la construcción de la imagen audiovisual.

Pero Cuarón prescinde en Roma de la banda sonora como música extradiegética y envía todos los componentes musicales hacia el mundo de la ficción. La música sólo aparece si alguien escucha la radio, si se coloca un vinil en un tocadiscos o si hay un grupo tocando huapango en un pueblo costero. Sin embargo, existe un leitmotiv que acompaña a Cleo en toda la película y que muda su piel sonora conforme la escena y las emociones del personaje. El leitmotiv de Cleo es el silencio.

La idea anterior la propone Yeudiel Infante, compositor mexicano que ha sonorizado obras de enfoque social como el cortometraje Ver arder (2014) de Nicolás Baksht y el documental Desaparecidos (2015) de Carla Novi.

“Si pensáramos de manera wagneriana, quizá el leitmotiv de Cleo es el silencio. Y es un leitmotiv muy coherente porque el personaje probablemente proviene de una comunidad no tan involucrada con la vida citadina. Ella mantiene todavía su idioma nativo y además maneja el español como una necesidad. Pero todavía carga el silencio heredado. Su silencio no es un silencio individual, sino un silencio colectivo; un silencio ancestral, remanente de pueblos que han sido callados continuamente por medio de la insivilización y de la violencia”.

El silencio no se puede encasillar. Por ello, para entender el comportamiento de Cleo hay que revisar estudios como el de Noemí Gómez, investigadora del ITESO, quien sugiere que un indígena en una gran ciudad yace como un personaje enviado a segundo plano por los transeúntes y, además, es obligado por las circunstancias a adaptarse a un nuevo entorno. Su percepción del mundo choca contra el concreto de los edificios. Su lengua madre se enfrenta al fulgor de la urbe. El silencio emerge ante él para describirle lo incomprensible.

No obstante, en primera instancia, Cleo parece adaptada a su entorno. Se le ve ejercer con ánimo su papel como empleada doméstica, sale a la ciudad en sus días libres, sonríe y se divierte. Pero conforme avanza la trama, esta característica se transforma hasta moldear un silencio incómodo en el que Cleo se camufla.

Fotografía: Carlos Somonte

Rutina

El filme de Cuarón comienza. El piso de un patio es lavado. El agua forma un espejo en el que el cielo de la diégesis se refleja. Se expone al silencio desde el principio. El sonido del agua va y viene dando vida al espejo. Entre las burbujas de jabón brota un primer significado: se avisa que, durante las escenas en la casa, el silencio del agua remitirá a la rutina de Cleo como empleada doméstica. El agua purifica su soledad.

En otra instancia, Cleo aparece en la azotea, lava ropa y escucha la radio. El silencio del agua vuelve a marcar su rutina laboral. Dos de los niños de la familia juegan. Uno se retira y el más pequeño se queda junto a Cleo, camina y se recuesta en una pila. Cleo le cuestiona su silencio a lo que el niño responde que no puede decirle ya que “se encuentra muerto”. Cleo lo imita, el niño le devuelve la pregunta y ella contesta que le agrada “estar muerta”. Cleo hace un silencio voluntario y escucha a la ciudad emanando de los tejados (ladridos de perros, el sonido del afilador, el sonido del agua que utilizan las empleadas domésticas de casas vecinas); es el silencio de la contemplación. Enseguida, la cámara da un tilt-up y luego un paneo donde el paisaje sonoro emergente cobra forma visual.

Los dos casos anteriores esclarecen cómo el leitmotiv del silencio puede manipularse para representar las emociones del personaje. En el primero, el silencio se presenta involuntario, nace de su rutina laboral. En el segundo, la propia Cleo abre la puerta de su estadio contemplativo a un silencio que ya no existe en Ciudad de México, al que sólo parece posible acceder mediante el augurio de la muerte; un silencio hoy reemplazado por la exagerada amalgama de ruidos industriales que dan cara al estrés urbano.

Fotografía: Carlos Somonte

Incertidumbre

Cuando Cleo es abandonada en el Teatro Metropolitan por Fermín (Jorge Antonio Guerrero), tras confesar su embarazo, el silencio aparece para abrir el campo sonoro hacia la pantalla donde se proyecta un filme. La música de esta película entra al primer plano. Algo anda mal, Cleo lo intuye porque el silencio lo indica. El silencio se relaciona inmediatamente con el abandono y, a su vez, los sonidos del entorno (los murmullos del público, la música de la película en la pantalla, los aplausos al finalizar, etcétera) lo anuncian.

Este es el silencio que desencadena el conflicto de la protagonista. Cleo trata de interpretar la incertidumbre emanada desde el rechazo de su pareja. Ella sale del teatro y observa a su alrededor, a través del silencio busca a su amado que se ha esfumado entre los gritos de los vendedores ambulantes. Al no encontrar respuesta, Cleo se sienta en un escalón, sostiene la chaqueta de Fermín, es todo lo que quedó de él. Nadie se acerca, el silencio brota de lo indiferente. Cuarón funde así un fenómeno que es novedoso para Cleo (el abandono amoroso) con la rutina del día a día citadino. Esta dialéctica alimenta al silencio que regurgita sus significados.

A continuación se oye cómo cae granizo en el patio de la casa. Cleo se encuentra ida en la cocina, se mimetiza en el silencio mientras la lluvia golpea la ventana. El elemento agua vuelve a estar presente cuando su rutina de trabajo la regresa a la realidad. A su vez, Sofía (Marina de Tavira), la patrona de Cleo, ha sido abandonada por su marido. Ambas enfrentan una frustración similar, pero desde distintas trincheras sociales. Cleo titubea en contarle sobre su embarazo ante la incertidumbre de ser despedida. Finalmente lo hace. Sofía promete ayudarla.

En el hospital la incertidumbre retoma a Cleo. Ajena a los procedimientos médicos, responde con silencio a las cuestiones de la doctora mientras es examinada. Este silencio aborda su timidez, se le nota incómoda y avergonzada hasta cierto punto. Pero al terminar se percibe más relajada, incluso baja al área de neonatología a observar a los bebés recién nacidos.

Un sismo irrumpe. El edificio se sacude. Cleo se mantiene casi inmóvil, no corre ni reza, sólo dirige su mirada tras el cristal que la separa de los neonatos. Ve cómo una parte del techo se desprende y cae. El llanto de los bebés alarma a las enfermeras, quienes los retiran del lugar. Después del zarandeo, aparece un silencio en forma de escombro sobre una incubadora. Es la parte del techo que ha renunciado a él, así como los segundos se desenganchan del tiempo. Dicho silencio indica la inestabilidad de la vida, la incertidumbre por excelencia.

Fotografía: Carlos Somonte

Muerte

Para el último leitmotiv silencioso, Cuarón aborda el concepto de la muerte. La primera referencia al fatal destino se presenta en la secuencia de la hacienda. Cleo aparece junto a la sirvienta de la casona en la cantina. La escena remite a una novela de Juan Rulfo, a ese México rural de gente sencilla que diariamente es asaltado por la violencia. Su amiga le señala a un sujeto en la esquina, le comenta que su hijo fue asesinado por “un pleito de tierras”. El silencio se presenta en la muerte de un vástago, en la extinción de un fruto humano.

A Cleo se le ofrece aguardiente, lo rechaza, intuye que puede afectar su embarazo. Su amiga insiste, ella accede pero opta por el pulque. Brindan por el año nuevo; sin embargo, una señora choca con Cleo y ésta suelta el jarro de pulque. El utensilio cae al suelo, se rompe y desparrama el líquido. Cleo observa con su silencio a los trozos de barro salpicados por el alcohol. Su amiga trata de tranquilizarla: “No te preocupes, no te preocupes”, la exime de la culpa.

En la ciudad, Cleo busca a Fermín y vuelve a ser rechazada. Escenas más adelante ocurre el suceso del Halconazo de 1971. La muerte ronda, pero ni Cleo ni Doña Teresa (Verónica García), madre de su patrona, lo sospechan. Las mujeres entran a la mueblería, afuera una protesta estudiantil resuena. De repente estalla la violencia. Al establecimiento irrumpen unos estudiantes, detrás de ellos aparecen sicarios y asesinan a uno de los jóvenes.

Cleo permanece inmóvil, el silencio de su rostro grita su miedo. Alguien le apunta con una pistola, un sicario, el hombre que la embarazó. Cleo lo mira en mutismo. El antagonista huye, la vuelve a dejar sola. Los silencios citados anteriormente se fusionan en uno nuevo. La impresión es tan grande que a Cleo se le rompen las membranas del útero. El líquido amniótico corre por sus piernas. Como en la cantina, algo se ha roto de nuevo. El vaticinio se cumple y el fluido de la vida se desparrama. Cleo presenta un horror indescriptible. Doña Teresa trata de tranquilizarla: “No te asustes, Cleo. Tranquila, por favor”, la exime de la culpa.

De nueva cuenta Cleo visita el hospital y el silencio que Cuarón presenta aquí es el más impactante de la película. Para empezar, maneja la indiferencia con la que el personal médico suele tratar a sus pacientes en muchos de los hospitales públicos del país. Cleo no es la única embarazada a punto de dar a luz. Los sonidos que emergen del silencio y deambulan entre quejidos de dolor, llantos de niños y alaridos, remiten a una realidad no distante a la ficción.

El vía crucis de Cleo por el hospital es hasta cierto punto condescendiente. La protagonista no tiene que esperar en la fila como las demás personas, se le atiende de forma casi inmediata gracias a las relaciones de su patrona con el personal médico. No obstante, su peregrinar por los pasillos sólo puede explicarse con el silencio.

Preparan a Cleo para el parto. La sala está llena de mujeres pariendo. Un enfermero le indica a Cleo que escuchará a su bebé. Coloca el estetoscopio de Pinard sobre la barriga de la protagonista; no encuentra respuesta, sólo silencio. El enfermero percibe un montón de sonidos en la sala, excepto el que busca: el del bebé.

El personal médico habla en código, Cleo parece no comprender sus diálogos. Lo que para ellos es una rutina, para ella es algo que jamás había vivido. El silencio se presenta entre las dos partes, como un fantasma entre lo laboral y lo personal. Enseguida es transportada a la sala de expulsión. No pronuncia ni una palabra, solo emana quejidos. Hay silencio en su rostro, Cleo sabe que está sola.

El milagro de la vida no se presenta, su ausencia grita a través del bebé inerte. Aún ante lo obvio, se hace un último intento por animar su latido. Cleo observa en silencio cómo la maniobra del pediatra fracasa. Se le permite despedirse del cadáver, es una niña, la toma en brazos y la contempla; lo que quisiera decirle a su hija no puede estructurarse con palabras, pero sólo con palabras se explica. Según Juan Rulfo, el sonido de la muerte es el propio silencio.

Fotografía: Carlos Somonte

Revelación

El filme presenta su luto. Hay silencio en la colonia Roma. Ladridos de perros y tenues cantos de aves acompañan al sonido del afilador. Es la calma después de la tormenta. Se aclara el panorama. La vida continúa. Cleo aparece sola, callada, ida, mimetizada en el silencio debido a la perdida. El claxón del coche de Sofía la devuelve a la realidad. Otra vez un sonido la arroja a la rutina, debe recibir a su patrona.

Sofía opta por tener unas vacaciones familiares y decide llevarse a Cleo con ellos. Advierte a sus hijos que Cleo no va a trabajar, aunque termina cuidandolos de igual forma. Un descuido provoca un incidente en la playa. Dos de los niños han desobedecido a su madre y se han adentrado en el mar. El cuerpo acuoso es un juez que rara vez perdona errores.

Cleo se percata del peligro. Sofía se ha retirado un momento y le ha encargado la supervisión de sus retoños. Cleo solicita a los infantes que salgan del agua, no recibe respuesta. Se apresura hacia la orilla. En silencio se introduce en el océano. La relación que mantiene con los niños es tan cercana que un instinto maternal brota de su ser y la hace olvidar que no sabe nadar. Las olas golpean a la intrusa. Cleo soporta el embate, no quiere volver a experimentar la perdida.

Símil a los héroes griegos, Cleo no se intimida por el mar y su rugido. Llama a los suyos: “¡Sofi! ¡Paco!”, sólo el empuje de las olas le contesta. Cleo percibe los sonidos del mar en la playa, pero no encuentra los que quiere escuchar: los de los hijos de su patrona. El silencio pretende sepultarlos bajo el agua.

Finalmente, Cleo localiza a los niños a tiempo. Forcejea con la marea que los abraza. El mar nunca ha sido un adversario fácil y rara vez cede. Pero la naturaleza es sabia y apremia el esfuerzo de Cleo. El mar los regurgita, después los escupe en la playa. Sofía aparece y pregunta qué es lo que ha sucedido. Los niños le indican que Cleo los ha salvado de la muerte. El agua ha desnudado el mutismo, Cleo por fin trasciende a su silencio y entre sollozos revela a la familia que no quería que su hija naciera.

Cleo nunca quiso estar embarazada. Tampoco quiso ser abandonada ni orillada a perder a su bebé. Como muchas mujeres, tuvo que aceptar callada su situación aunque no respondiese a su íntima voluntad. Se sentía culpable por no querer lo que se le arrebató. Ella no se había eximido a sí misma y gracias al agua, y al silencio que allí nada, pudo liberar su angustia. Cleo salvó a los niños de la familia, pero nadie pudo ayudarle para salvar a su hija. Su heroísmo fue un instinto desinteresado.

El pasado 14 de enero, Guillermo del Toro también describió en un tuit la importancia del silencio en esta escena:

En mi opinión, el silencio de Cleo es usado como herramienta dramática para el arco de su historia y nos lleva a revelar su dolor más íntimo (revelado por el agua). «No quería que naciera». Cleo se calla, sofoca su emoción y culmina esta explosión.

Fotografía: Carlos Somonte

Punto clave

Para finalizar, cabe destacar la actuación de Yalitza Aparicio y su manejo del silencio. La oaxaqueña realizó un trabajo que encaja perfectamente con el postulado de Alan S. Trueblood, donde indica que se requiere un talento privilegiado para conseguir un personaje dramático que no habla o para comunicar un estado lírico que apenas se esboza.

Los puntos anteriormente revisados no son los únicos silencios que existen en Roma, aunque sí son los detonantes de ciertas acciones importantes. Es tarea del espectador involucrarse en la trama y darle lectura a los silencios restantes.

Pocos medios lo han mencionado, pero el silencio fungió decisivo en el trabajo de Sergio Díaz para que el filme de Cuarón fuese nominado al Óscar de 2019 por mejor mezcla de sonido. La afonía espacial de Díaz y del director mexicano hace posible el habla de la historia. Roma retoma así la idea de Sor Juana Inés de la Cruz sobre que el silencio está poblado de voces, y esas voces no se traducen, se interpretan.