La noche está marchándose ya: una carta de amor al cine en tiempos de crisis

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Hay películas que hablan de cine y hay películas que aman el cine. La noche está marchándose ya, ópera prima de los argentinos Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini, pertenece claramente al segundo grupo. Su historia transcurre casi por completo dentro de un cineclub de Córdoba, pero lo que realmente está contando es algo mucho más grande: qué significa aferrarse al cine cuando la realidad alrededor empieza a desmoronarse.

La película, estrenada mundialmente en el Festival Internacional de Cine de Valdivia, llega al 30.º Festival de Cine de Lima después de haber conseguido reconocimientos importantes en su recorrido internacional. Entre ellos está el premio a Mejor Dirección en la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) y el Premio Especial del Jurado en FICValdivia. También obtuvo el premio a Mejor Película de la Competencia Internacional de DocLisboa.

Un hombre vive dentro de un cine

Pelu es un treintañero que trabaja como proyeccionista en un cineclub municipal de Córdoba. Cuando pierde su empleo, acepta convertirse en vigilante nocturno del mismo lugar. Poco después comienza a vivir allí en secreto.

Durante esas noches, Pelu encuentra compañía en las películas que proyecta y, poco a poco, también en otras personas que terminan convirtiendo el cine en su refugio. Entre ellos aparecen trabajadores informales, personas sin hogar y otros personajes que, como él, han quedado al margen de una sociedad cada vez más difícil de habitar.

El planteamiento podría haber dado lugar a una comedia absurda. Y algo de eso hay. Pero Salinas y Sonzini utilizan esa premisa para hablar de la precariedad económica, la amistad y la necesidad humana de encontrar un lugar donde sentirse acompañado.

Una película hecha dentro del cine que cuenta

Hay algo particularmente hermoso en la manera en que fue realizada.

La noche está marchándose ya fue filmada en el mismo Cineclub Municipal Hugo del Carril de Córdoba, el espacio donde transcurre buena parte de la historia. La película convierte así al propio cine en escenario, personaje y refugio.

Y esa decisión termina reforzando su carácter de carta de amor al cine. Los protagonistas no solo trabajan o viven allí: habitan las películas.

El cine clásico se convierte en una especie de alimento emocional para estos personajes. En la descripción de la Seminci aparecen referencias a cineastas como William Wellman, Yasujirō Ozu y Leo McCarey, películas que Pelu comparte con quienes van formando esa pequeña comunidad nocturna.

No es casual que la película esté rodada en blanco y negro. La fotografía de los propios directores utiliza una estética que remite al cine clásico y convierte los pasillos, la sala de proyección y las calles nocturnas de Córdoba en un territorio que parece pertenecer a otra época.

Una historia sobre la precariedad, pero sin perder la ternura

Debajo de su apariencia cinéfila hay una película profundamente política.

La crisis económica argentina está presente en la vida de sus personajes y en la amenaza constante de que el propio cine pueda cerrar. Pero los directores no convierten esa realidad en un discurso solemne. Prefieren observar cómo sus personajes intentan sobrevivir y cómo construyen pequeños espacios de felicidad en medio de la precariedad.

Esa mirada también explica el tono de la película. La noche está marchándose ya puede ser triste, incluso melancólica, pero nunca parece completamente derrotada.

El cine funciona como una forma de resistencia. No porque pueda solucionar los problemas económicos de sus personajes, sino porque todavía puede ofrecerles algo que la realidad les está quitando: un espacio para encontrarse con otros.

Una ópera prima que ya encontró su lugar en los festivales

El recorrido de la película resulta especialmente llamativo porque se trata del primer largometraje de Salinas y Sonzini.

Ambos realizadores son cordobeses y ya habían trabajado juntos en el cortometraje Mi última aventura, que obtuvo el premio a Mejor Película de la Competencia Internacional de BAFICI y la Espiga de Plata en la Seminci. Con La noche está marchándose ya, dieron el salto al largometraje y rápidamente comenzaron a llamar la atención del circuito internacional.

En Valladolid, el jurado reconoció precisamente la manera en que la película combina cinefilia, amistad y resistencia política, otorgando a sus directores el Premio Ribera de Duero a la Mejor Dirección.

Ese reconocimiento resulta significativo porque la película no intenta esconder su amor por el cine. Al contrario: lo convierte en el centro de su propuesta.

Una carta de amor al cine

Hay algo especialmente conmovedor en una película donde un hombre pierde su trabajo como proyeccionista y, en lugar de alejarse del cine, termina viviendo dentro de él.

Pelu encuentra allí una familia improvisada. Los demás encuentran un lugar donde pasar la noche. Y los espectadores encontramos una película que recuerda algo que a veces olvidamos: el cine no existe únicamente en la pantalla.

También está en las personas que se reúnen alrededor de ella, en quienes abren una sala, proyectan una película, escriben sobre ella, conversan después de verla o simplemente encuentran durante dos horas un lugar donde sentirse menos solos.

Por eso La noche está marchándose ya funciona como mucho más que una película sobre un cinéfilo. Es una defensa de los espacios cinematográficos como lugares de encuentro y, al mismo tiempo, una declaración de amor a ese pequeño milagro que ocurre cada vez que se apagan las luces y comienza una película.

Y quizá por eso su título resulte tan apropiado. La noche puede estar marchándose, pero mientras quede una sala encendida, todavía hay algo que mirar.