Zama: entre la voluntad del deseo y el tedio de la espera

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Se ha vuelto común (más bien, siempre ha sido así) que los festivales o las muestras de cine que portan la categoría «internacional» suelen privilegiar el cine europeo (desde luego que hay excepciones), dejando en segundo plano el latinoamericano. Sólo hace falta dar un vistazo a la selección de la 63 Muestra Internacional de Cine de Guadalajara para encontrar un ejemplo: de las 14 películas, 10 son producciones de países  europeos (Suecia, Dinamarca, Finlandia, Reino Unido, Polonia, Bulgaria, Hungría, Italia, Grecia, Francia y Austria), una es estadounidense y las tres últimas, que son sudamericanas (Chile y Argentina), forman coproducciones internacionales (o sea, Europa y América).

Lo anterior hacía de Zama una de las películas más interesantes de la muestra. A eso hay sumar que la Academia Argentina la eligiera para representar al país por el Óscar a Mejor Película de Habla no Inglesa y que significa el regreso a las salas de Lucrecia Martel, guionista y directora argentina que triunfó en festivales de cine de todo el mundo con sus películas La ciénega (2001), La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008), lo que le valdría ser llamada por la prensa especializada como una de las mejores cineastas argentinas y por gran parte del público general como uno más de los ejemplos de sobrevaloración del circuito festivalero.

Al final, la espera y el suspenso ante el tardado proceso de producción de un proyecto que se volvió muy ambicioso, terminó. Desde 2013, año en que Zama obtuvo un fondo para el desarrollo de nuevos proyectos en el Festival Internacional de Cine de Róterdam, la obra atrajo tantas miradas que se convirtió en una coproducción internacional entre Argentina, Brasil, España, Francia, Estados Unidos, México, Holanda y Suiza. Aunque, por desgracia, Zama no pasó a la lista de preseleccionadas para el Premio de la Academia, ya se ha anotado sus primeros galardones en festivales como Sevilla, Latin Beat Tokyo y La Habana, a los cuales se sumarán otros con toda probabilidad.

Fuente: remezcla.com

El distanciamiento entre la opinión pública y la especializada

Es importante señalar que la reflexión acerca de la discordancia perceptiva entre el «crítico» de cine y el espectador «ordinario» debe considerarse para la mayoría de las películas de arte independiente y no sólo para esta cinta. Fui testigo de este fenómeno trabajando en el GIFF (Guanajuato International Film Festival), se presentó en las películas anteriores de esta muestra, lo hará en las siguientes y continuará en los próximos festivales.

Si bien esta contienda ha existido siempre en el arte en general, la multiplicación y crecimiento de algunos festivales de cine independiente por un lado y la supremacía taquillera de Hollywood por el otro, han ampliado una brecha insalvable entre el consumidor comercial y el crítico artístico. Es neta: ninguna producción de cine con pretensiones artísticas que atente formal o tematicamente contra los elementos típicos del cine comercial (de Hollywood, pues) se salva de la quema. Esto hace posible leer reseñas tan distintas de una misma película que casi cabría preguntarse si no se han visto obras diferentes. La cuestión acerca de la causa de este problema da para un amplio debate, pero intentaré aquí elaborar brevemente mi opinión: es cada vez más evidente la existencia de dos tipos de cine, casi siemore excluyentes entre sí, que persiguen distintos fines y que se dirigen a un público en especial.

La mayoría de las críticas negativas dirigidas a películas de arte se deben a tres causas: la consideración de que el cine con ritmo lento y/u opresivo es aburrido, sin considerar si este recurso obedece a un objetivo en particular; la percepción de que una narración que rompe con la lógica temporal y/o espacial es absurda, un timo o, mínimo, «una mamada» y la sensación de que una película que atente contra la seguridad y comodidad del espectador es insufrible, enfermiza o «pacheca» (sin duda Mother, probablemente mi favorita del año, es el mejor ejemplo de este tipo de críticas). Es curioso que los detractores de este cine, quienes acusan a los festivales de cine independiente o de arte por incentivarlo, condenan la producción de todo cine que se «aleja de los intereses del espectador»; como si el director, guionista, fotógrafo, actores (u otros miembros creativos del crew) debieran suprimir sus ideas o intención original para darle al espectador lo que este quiere.

El berrinche intolerante de quien no soporta ver un cine que no está hecho a su medida, es síntoma evidente de la colonización del gusto impuesta por el cine hollywoodense, que acostumbra a las audiencias a un cine de ritmo frenético con una sucesión de eventos lineales, un estilo formal que transita un camino estrictamente marcado y resoluciones optimistas que logran hacer sentir bien al público. Ese berrinche es el gesto del rehén enamorado de su captor, quien no soporta la idea de liberarse de la fábrica de sueños que es Hollywood; una maquina que produce películas para pasarla bien y convierte el arte en simple entretenimiento. No juzgo a quien quiere ir al cine sólo a divertirse y distraerse de los problemas del mundo, lo que me desagrada es su necedad al intentar medir con la misma vara algo que surge de, y gracias a, contextos diferentes. En este sentido, valdría más asumir de lleno la subjetividad y aceptar que a uno no le gusta tal o cual tipo de cine, antes que afirmar con resolución «objetiva» que una película es «un absurdo», «aburrida», «un bodrio pretencioso», etcétera.

Fuente: conlosojosabiertos.com

Traducción de lenguajes y adaptaciones literarias

A diferencia de sus anteriores películas, en esta ocasión Martel acepta el desafío de adaptar una obra maestra de la literatura argentina. Zama, publicada en 1956 por el periodista y escritor argentino Antonio di Benedetto, se ganó palabras de alabanza por Borges y Bolaño, quien ayudó a rescatarlo de un probable olvido. Novela fragmentaria, Zama relata algunos años de la vida de Diego de Zama, un burócrata del Virreinato del Río de la Plata del siglo XVIII, quien ha sido desplazado a una tierra inhóspita, y quien se consume en la espera vana de ser trasladado a la ciudad. Tanto el tema como el tratamiento de la novela la convierten en una obra existencialista emparentada con la obra de Kafka y Beckett, lo que de primeras no se antoja fácil de contar en el cine.

No es secreto que el cambio de formato de libro a cámara, obliga a traducir, lo que implica cambiar, algunos elementos verbales que son difíciles de contar por medio de imágenes. Ejemplos de lo anterior son el paso de una narración intradegética en primera persona a películas que observan todo desde afuera, lo que se traduce en la «pérdida» de la intimidad (aunque actualmente ya son más las películas que corren el riesgo de asumir la visión de la primera persona), o el uso de la voz en off para dar cuenta de los monólogos internos del personaje. En este caso, y ante una novela que ha sido catalogada de “inadaptable al cine”, Martel trata de expresar formalmente la angustia de la espera por medio de planos que avanzan a ritmo lento (trabadísimo), analogía de la lentitud burocrática que condena a Zama a una realidad miserable; decisión que permite elaborar una fotografía hipnótica, pero que despertará el enojo del cinéfilo menos paciente.

Fuente: leedor.com

La conformación de un estilo

La originalidad pura es una mentira. Es innegable que las influencias nos persiguen a todos. Incluso las vanguardias de comienzos del siglo pasado, que renegaban de cualquier herencia, pretendiendo alcanzar una singularidad absoluta, no soportan la prueba y acaban por evidenciar sus influencias. El artista encuentra las formas dadas y no es sino la modificación o combinación de estas, la intervención de la tradición, la que da forma a obras novedosas. En Zama se pueden tender conexiones con la obra de Terrence Malick, Werner Herzog, John Ford o Claire Denis, pero es innegable la presencia de un estilo único e inimitable. Con esta obra, la poética personal de Martel se fortalece y concreta, otorgando a su cine la categoría de cine de autor.

Esta marca de autor se reconoce en una sensualidad erótica sutil; una insinuación austera opuesta al exceso; la  invasión del espacio personal de los personajes que se alterna con tomas abiertas que dan cuenta del entorno habitado; la reflexión política acerca del colonialismo, antes y ahora, pero de lejitos, sin parcialidad o posturas maniqueístas, como en un segundo plano y el peso existencial del paso del tiempo; así como el gusto por la mezcla de géneros (Zama se configura a veces como drama existencial, en otras ocasiones como filme romántico y culmina a caballo entre el western más trepidante y la épica bélica).

Fuente: hacerselacritica.com

El anverso de una moneda llamada esperanza

En una situación apremiante en la que se corre riesgo de marchitarse en la espera; lo que diferencia a Zama de los personajes de Esperando a Godot, quienes permanecen estáticos, o del protagonista de The Zero Theorem, quien aguarda empecinado «su llamada», es que cuando se da cuenta de que la vida se le va en la espera, elige correr el riesgo de actuar. Si bien la decisión de unirse a un grupo de soldados y aventurarse en tierras lejanas para capturar a un peligroso bandido, no es la más inteligente, es la respuesta ante el abandono de la esperanza.

Este abandono libera a Zama, restaurando el deseo de vivir irónicamente en una situación de extremo peligro. La cercanía entre las pulsiones de muerte y vida, nos obliga a considerarlas no como extremos opuestos de una misma linea, sino como puntos de contacto anversos, algo más parecido a las dos caras de una misma moneda que gira en el aire, como el vaivén cadencioso de Zama entre la vida y la muerte.