El lugar sin límites, pionera en temas tabú

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El cine mexicano ha triunfado a nivel mundial con cineastas, fotógrafos, escritores, productores y actores que han desempeñado deslumbrantes trabajos merecedores de reconocimientos en la Academia, Cannes, Los Globos de Oro y otros nada despreciables premios.

El último hito internacional del cine mexicano fue Roma (2018), de Alfonso Cuarón, una película que se llevó el premio a la Mejor Película Extranjera en la más reciente edición de los Globos de Oro, además de otros galardones en Europa.

Si bien dichos logros ponen en alto el nombre de la cinematografía mexicana, es reflejo de lo irregular que ha sido la calidad de los filmes hechos en México. Por ejemplo, la Época de Oro significó el máximo esplendor del cine mexicano, pero le siguió una etapa de decadencia, conocida como la era de las películas de ficheras, para después tener una recuperación (a mediados de los noventas) con el surgimiento del llamado Nuevo Cine Mexicano, el cual se ha extendido hasta años recientes, con la muestra de dos caras: películas de altísima calidad, como lo es la citada de Cuarón y comedias románticas de alto presupuesto que son refrito del refrito del refrito de cintas estadounidenses que no pasan de “palomeras”, por darles el calificativo más respetuoso posible.

Entre finales de los setentas y ochentas, se dio un fenómeno similar, ya que a la par de las películas de ficheras, se comenzaron a exhibir largometrajes con alta crítica social, hacia una decadencia económica social y un ¿cómo le dicen? ¡Tejido social! cada vez más roto.

Una de esas espectaculares cintas que será exhibida en la cartelera de la Cineteca Nacional el próximo domingo 13 de enero, fue El lugar sin límites (1978), de Arturo Ripstein, director mexicano naturalizado español desde 2003. Su adaptación de la novela de José Donoso es considerada por muchos como la primera película que aborda sin tapujos la represión sexual que permeaba (y sigue permeando) en la sociedad mexicana.

Se trata de la historia de la Manuela (Roberto Cobo), una travesti, y la Japonesita (Ana Martín), quienes trabajan en un prostíbulo que don Alejo (Fernando Soler), casique del pueblo del Olivo, desea vender. Por otro lado, Pancho (Gonzalo Vega), regresa al pueblo para mostrar su lado más miserable y esparcir violencia, caos y tragedia en el lugar.

En un sitio en el que pareciera no haber reglas y el libertinaje es el motor de cada personaje, todos son prisioneros de algo: explotación y represión sexual, discriminación, adicciones y ambición.

Cada personaje persigue un sueño que cree encontrará en el recinto donde se desarrolla el eje conductor de la historia, pero solo es el escenario ideal para manifestar la decadencia humana en todo su esplendor, la cual eclipsa valores como la amistad y el amor; que a la fecha está presente en los arrabales de todos los rincones de México, consecuencia, entre otros factores, del crecimiento exponencial de la pobreza y una crisis de educación. El resultado de buscar la salida fácil cuando no se tiene nada.

Gracias al brutal retrato de una aguda realidad, que toca las fibras más sensibles del espectador por las notables actuaciones de figuras consolidadas de la época de oro y una impecable adaptación de la novela, este filme ocupa el lugar 9 en la lista de las 100 mejores películas del cine mexicano, según la opinión de 25 críticos, publicada por la extinta revista Somos, en julio de 1994. Asimismo, tiene en su haber un Ariel de Oro a la Mejor Película; un Ariel de Plata al Mejor actor (Roberto Cobo) y el Premio especial del jurado del Festival de San Sebastián para Arturo Ripstein.