Osmosis, la búsqueda virtual del alma gemela

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Cuando hablamos de tecnología y el centenar de ficciones que intentan explicar mundos en que ésta tiene completo dominio, sin duda, uno de los principales exponentes que acaparan nuestra memoria es la británica Black Mirror (2011 — actualidad). 

¿Cómo los avances y la presencia de la inteligencia artificial afectan nuestras vidas? ¿Dónde termina nuestro control y comienza su total autonomía como entidad por sí misma? Lo peor de la humanidad se ha demostrado gracias a artefactos electrónicos que expanden los límites, dando una sensación de supremacía que suele ser —en la mayoría de los casos —falsa. 

Desde la importancia de las redes sociales, los conflictos de la privacidad, la cuestión ética de jugar a ser Dios y las realidades virtuales que ofrecen un escape a los agobios de la que nos tocó, ¿cuál realmente es el perímetro que define los beneficios y los contras de una ciencia llevada a niveles que nos cuesta comprender (pero de los que nos sentimos en plena libertad de utilizar?)

Fuente: Netflix
Fuente: Netflix

Tal debate también es planteado a través del anhelo que sentimos por amar y ser amados. Una añoranza representada hasta el cansancio en el rubro cinematográfico de la ciencia ficción, en el cual se cuestiona si un invento creado por el hombre es capaz de rebelarse a su propósito y desarrollar emociones.

Dicha premisa también coincide con la trama de Osmosis (2019), serie estrenada hace unos días en la plataforma Netflix y creada por la guionista Audrey Fouché, que nos ubica en un futuro próximo en que un algoritmo es capaz de utilizar las conexiones neuronales de un paciente para encontrar a su pareja perfecta con un porcentaje absoluto de éxito.

Mezclemos la evolución de Tinder, una sofisticada fotografía, un elenco refrescante francés y las atroces consecuencias de jugar con la mente cuando aún no hemos sido capaces de descifrarla.

Fuente: Netflix
Fuente: Netflix

Con ocho episodios se nos explica, sin detalles tediosos o rodeos innecesarios, el proceso en que un grupo de variopintos individuos se somete a la prueba beta de una “aplicación” que promete encontrar a su alma gemela.

El programa está a cargo de los hermanos Esther y Paul Vanhove (Agathe Bonitzer y Hugo Becker), y consiste en un implante que es capaz de extraer y analizar la información cerebral del usuario para encontrar la máxima compatibilidad con otra persona. 

A pocos días de que el producto sea lanzado al mercado, los voluntarios será monitoreados y las disputas aparecerán cuando los líderes a cargo deban tomar decisiones drásticas que afectarán directamente a Osmosis y, por consiguiente, a quienes se han unido al proyecto sin sospechar lo que realmente ocurre.

Fuente: CDN
Fuente: CDN

Con cada capítulo veremos que la premisa no señala a la tecnología como la antagonista real de los sucesos, sino que a la persona encargada de manejarla y de luchar con las disyuntivas morales de la ambición propia versus el destino de otras vidas.

Esto lo apreciaremos de primera mano con el caso de Esther, quien es la creadora en sí del programa y que tiene como meta recuperar a su madre en estado vegetativo, al igual que lo logró con su hermano años atrás.

Para esto, ¿será capaz de violar sus propias normas corporativas cuando encuentre una opción para salvar a su familia?

Aparte, y pesar de lo expuesto, Osmosis sí cae en ciertos recursos que parecían más bien obsoletos en la industria. Aunque las actuaciones son convincentes y no hastían, nos encontramos con estereotipos de personajes y sus relaciones que nos hacen dudar de si realmente la audiencia está preparada para lo insólito o si se siente cómoda con los paradigmas de siempre. A saberse: gente insatisfecha con su físico es emparejada con su antítesis, gente que escapó de una relación tóxica vuelve a ella sin mucho argumento, gente con un amorío aparentemente equilibrado se encuentra con que esa felicidad no es compartida.

Fuente: Netflix
Fuente: Netflix

Otro error a considerar es que intenta abarcar aristas en exceso en las que no termina de fallar o salir victoriosa. Resistencia política, secuestros y traición ante la competencia son parte de los tópicos que intenta explicar la producción que, si bien batalla con insistencia en ser distinta, resulta inevitablemente comparada con sus colegas de streaming Sense8 (2015 — 2018) y la ya mencionada, Black Mirror.

Tal desacierto se suma a que la serie deja a medias otras virtudes interesantes con las que cuenta como son el uso médico de la nanotecnología, la presencia de alguien con género fluido en el relato, la contraparte de una organización humanista y sus orígenes, o algo más directo como la patología sexual presentada por uno de los voluntarios.

Sin embargo, no hay que tomar a Osmosis como una utopía que peca de ingenua ante la tragedia que todos somos capaces de pronosticar, tras décadas de obras que nos advierten sobre manipular los sentimientos. O sobre pisotear las barreras de lo orgánico y lo digital. Por el contrario: la obra ha de verse como una sátira dramática y un atisbo de la soledad que sufrimos, a pesar de estar en medio de una multitud explotada por las redes. Verse como un ensayo más sobre nuestra nula capacidad para conectar con nosotros mismos.